sábado, 22 de junio de 2013

A dónde van los elefantes?





Desperté con un dolor en el estomagó, al grado tal que dejé mi lugar en la cama para tomar cualquier cosa, no obstante la tibieza de las sábanas; Y estaba a punto de sacar una bolsa de medicinas cuando de entre las cosas que hay en el contenedor de plástico apareció mi pequeña libreta, como si me anunciara
 –Aquí estoy o algo así.
Hacía mucho que la deje de ver, así que la daba por perdida, extraviada, desaparecida, ausente, como dicen ahora.
En algún momento la busqué por todos los rincones, revolví cajones, tire cosas que guardaba con celo, o solo coleccionaba como el museo de la inocencia de Pamuk,pero no halle la tal libretita. No es un objeto especial ni contiene los códigos de mis correos, solo que en algún momento mientras vivía una parte virtual de mi vida puse ahí palabras a manera de marcas, sí, como cuando escribes una palabra clave que te hace recordar toda una frase, un contexto, una historia.
Fueron momentos extraños, muy locos pero no por ello perdieron la urgencia de las palabras, porque creo, que en efecto estuvieron hechos en esencia de palabras construidos de frases y asimilados en momentos, porque de eso está hecha la vida.
Recuerdo que Marcia me habló de ella, y no escribo su nombre, porque quizá de esa manera mantengo la distancia necesaria para no volver a caer esa espiral de deseo perpetuo y esperanza con destellos de realidad.
Me dijo de su nariz pequeña salpicada de algunas pecas enmarcada en un rostro claro; de su largo cuello, de sus manos albas con uñas de alta ejecutiva, y su andar cadencioso, sus vestidos cortos y esa manera tan suya de mirar y escuchar a la gente con la manos juntas muy cerca del rostro, diciendo a todo: 
-Okey, okey.
Y no sé si me enamoré de la imagen que Marcia me entregó de ella, o la manera de hacerme parte de su mundo. 
Lo cierto es que empecé a trabajar para un fantasma que a distancia o por tercera persona me ordenaba de una manera que hacía parecer tan necesarios mis servicios y esfuerzos, a tal grado que un día ya no era dueño de mi tiempo, ni de mis deseos. Vivía para ella de noche y de día en aquella caótica y peligrosa ciudad de la frontera, dejando de lado mis estatuas y cinceles por los ratos para ella.
Tampoco tengo claras las primeras palabras con que iniciamos la conversación, solo recuerdo, que de pronto ella me había contado tanto de su persona que cría conocerla de toda la vida, sabía desde la ceremonia nocturna para untar crema en todo su cuerpo por las noches, narrado con sus palabras, hasta la escuela en Harvard donde curso sus estudios universitarios, de su delirante pasión por la música de Natalie Merchant  hasta de aquellos largos cafés que tomaba mientras miraba la vida pasar en Nueva York.
Su voz, nunca la escuché, pero aún la imagino aterciopelada, pausada, tranquila, sensual casi igual que la imagen aquella de cuando tomaba la crema entre sus manos y la dejaba en su piel con amabas manos, recorriendo cada centímetro, reconociéndola siempre, hallando algo nuevo cada día, consintiéndose,  relajando el momento, sin pensar en el tiempo.
Al menos así me lo dijo aquella noche, cuando me describió su bata de dormir: Satín blanco, ligero al tacto como una segunda piel, justo lo que le hacía falta a mis manos para recorrerla en un concierto a cuatro manos y así se lo dije, o al menos lo escribí como si la tuviera enfrente, como si de verdad pudiera sentir entre mis manos esa tela sobre la piel, como si de verdad hubiésemos estado de pie, y así se lo narré palabra por palabra: yo tras ella con los ojos cerrados en una habitación blanca y vacía que podía ser la síntesis de la naturaleza, el inicio del mundo, el sin fin del tiempo o el final de la humanidad, sustraídos de cualquier cosa que fuésemos nosotros. Tocándola poco a poco, sin prisa pero sobre todo sin medida, seduciendo al destino con palabras hechas a modo para despertar a otra mujer, una que había dentro de ella y que dijo no había descubierto.
Tras esa, fueron muchas noches, tardes, mañanas en que mis dedos ya no tocaban el bajo, ya no arrancaban la voz ronca de ese bit intentando algo a veces siguiendo nuestra canción:
Te encontré de madrugada
Cuando menos los esperaba
Cuando no
Buscaba nada, te encontré
Y ahora se, solo se, te cruzaste en mi camino
Encontré el paraíso.

El bajo y la plumilla, habían cambiado por un ordenador y mis dedos de bajista ahora aporreando un teclado en frases, en palabras, en expresiones, en descripciones. No solo las que imaginadas, sino las reales que tenían lugar de este lado del mundo hasta, las frases frenéticas cuando las palabras se agolpaban de manera que no daba tregua, atacaba con todo como si en ello me fuera la vida, como si en el siguiente momento fuese a morir, hasta que explotábamos en mil pedazos en luces de colores en pedazos de noche, hasta que la poesía quedaba regada en el piso como si fuera nuestra ropa, para dar paso a las obscenidades que nos ponían a mil,  a las descripciones crudas, llenas de realidad que traslucían nuestros verdaderos yo; nuestras más oscuras pasiones y al mismo tiempo nuestros miedos cargados de una subyugante necesidad de realidad.
Yo, no sé si eso nos hizo más humanos o nos animalizó, solo que para entonces era posible saber nuestros estados con todas sus palabras y por supuesto siempre caíamos en la misma vorágine de pasión sexo y lujuria, como dice la canción: Ella en su mansión yo en los arrabales, no entiendo si amando o solo esperando.
Rehaciendo la gastada historia de la cenicienta, viviendo feliz para siempre, porque como dice el filósofo “el pacer siempre reclama la eternidad. Yo recogiendo  historias perdidas en esa ciudad de luces y barrios pobres, en cantinas de mala muerte bailando con putas mientras dejaba mi mente viajar y mis manos recrear momentos que ella tenía atrapados entre la irrealidad y mi vida. Ella permitiendo que su personalidad atrapara miradas al caminar, dejando que su falda trasluciera su cuerpo con ese vikini casi transparente para que pareciera que no traía nada, porque sabía me excitaba pensarle así por la vida. Y es que me describió tantas veces esa ceremonia de hallar las prendas precisas pensando en  aquellos diálogos, que nuestro menú se hacía necesario cada día.  
Marcia nunca me permitió verla era como su mensajera, su cómplice o su alter ego, nuestro contacto fueron las palabras las frases, los momentos a distancia como una hot line personal que se repetía cada que ella lo ordenaba, basándose en esos mensajes sucios y cachondos, hasta que un día enfermó y como los paquidermos fue a buscar su propio cementerio, un lugar mítico que nunca supe, ese espacio donde mueren dignamente los elefantes.
Ahí cesaron los diálogos, las noches de calor, las manipulaciones excesivas a su salud y la venda que Marcia colocó en mi rostro desde que me puso en ese juego perverso de la doble personalidad. Se lo reclamé como amigos y lo negó, carcajeó cuando le reclamé haber matado mi sueño, cuando le exigí un final distinto. 
Pero simplemente dijo: ella volverá, le entregué tu corazón tal como me ordenaste y se lo llevó en ese beso que nunca le diste.
Para ella escribí esos intentos de poesía que borre del ordenador, aunque han quedado en esta libreta junto con otras decenas de historias, dos o tres palabras clave, y su correo como únicas pruebas de su existencia. El dolor ya se me quitó, ya no duele ahora es una historia del pasado, ahora el dolor es el de mi estómago por la mañana, nada que no cure otro ron y una puta.  

miércoles, 5 de junio de 2013

Con esa gente no se juega


Por Antonio De Marcelo Esquivel.
De verdad, no deja de sorprenderme como es que el pueblo puede hacer sus propias historias cuando no tiene respuestas. Crónicas que podrían ser un libro, creadas y recreadas a partir de las notas policiacas, las películas de narcos violencia y sangre; para no variar aderezadas con la corrupción que todos vivimos en la casa, en nuestra calle, cuando viajamos en el auto o al pagar los impuestos. Dirás ¿Bueno y por qué este guey me dice todo eso? Deja te explico, no es que me sorprenda, o bueno si. Lo que pasa es que desaparecieron doce chavos y chavas de un bar en la Zona Rosa, lo primero que todos pensamos y hasta se dijo como primera opción es que un comando armado los levantó al más puro estilo del narco, y se los llevó para cubrir una cuenta pendiente. A esta suposición se sumó que un par de los chavales, entre los levantados, tienen a sus padres purgando condenas por crimen organizado, narcomenudeo y extorsión entre otra lindezas, a eso súmale que son del famoso Barrio de Tepito, el mismo del que han surgido grandes boxeadores y luchadores. Quizá por ello es que nos creímos la historia aquella de un levantón, imaginamos a esas pandillas del norte del país que vestidos como policías llegan a bares, fiestas o sepelios y se llevan a la raza a punta de pistola, o como aquellos que dicen secuestraron camiones y obligaron a los pasajeros a luchar por su vida, cosa increíble, aunque contada por un supuesto superviviente. Las notas en los periódicos, en la radio, en la televisión nos hicieron pensar en miles de posibilidades respecto la desaparición de manera que me di a la tarea de preguntar a la gente su hipótesis, no para escribir esta historia, sino para hallar una respuesta, uno nunca sabe, igual y entre tanta pregunta hallaba la punta de esta madeja y hasta un algo me llevo. Pero no, hasta ahora no he logrado algún testimonio sobre el paradero de estos chavos, aunque si hipótesis que van desde un taxista que culpa a los padres por haber perdido el control de los hijos, y estos aprovechan para divertirse en un libertinaje total, hasta uno que me describió lo que habría ocurrido con esa gente. El taxista sostuvo que ya no es posible controlar a los hijos, que se han revelado de tal manera que hacen lo que quieren, la señora del aseo pide a Dios por ellos en sus oraciones. Pero quien si verdaderamente se la jaló fue el policía de la puerta que de pie y casi actuando dijo: “No, esos chavos ya les dieron piso. Mira le jugaron al verga, quisieron hacer su cartelito, sentirse muy malos y de seguro el jefe dijo: –A ver tráiganme a esos pendejitos. Los sacaron y cuando los tuvo enfrente preguntó: - Qué muy malo, qué va a hacerme la competencia y zaz le cortó una oreja, luego un pie y quien sabe que más”. Esto por supuesto me parece espeluznante, como cuando publicaron que habían hallado a tres muertos en el Estado de México que podrían ser ellos. Con toda razón las familias querían linchar al representante del diario, no solo por el manejo de la nota sin sustento, sino porque ellos tendrán la esperanza de que sus seres queridos volverán al Tepito Bravo, donde la gente se rifa, ahí donde los discos piratas salen como tortillas, donde las morritas prefieren un motoneto a cualquier otro espécimen, una raza que ha defendido el barrio como en ningún otro lugar, pero como dice el poli de la puerta: -Con esa gente no se juega 
(lobo1266@hotmail.com)  


sábado, 2 de marzo de 2013

Loco Cibernético


He de  confesar que tu recuerdo me irrita casi tanto como aquellas ganas de gritarte que no te marcharas llegada la madrugada, así que cada vez que me es posible intento no pensar en las tardes que hacíamos el amor  mirando el televisor pegado a la pared sobre una estructura de acero. 
Es un recuerdo que me ha perseguido la última década,  pegado a mi como si fuera parte de mi existencia, cada día respirando tu olor, mirando tus ojos, sintiendo en las manos tu piel, saboreando los besos que nunca nos dimos, porque creíamos que eso nos amarraría el uno al otro, de manera que gozábamos caminando por las calles de la ciudad, deteniéndonos en los escaparates de libros para ver las portadas mientras nuestras manos se buscaban al menos para pasar una sobre de la otra. 
Pero te advierto que no he vuelto por los mismos pasos, no me he detenido en cada escaparate, ni he vuelto a sentarme bajo la jacaranda de flores moradas, no he pisado de nuevo el parque de aquella fuente, ni me he pasado las horas en ese vips como cuando te esperaba tomando litros y litros de café, No en sacado de nuevo  a Charles Bukovsky, ni lo he traído en la mochila por su acaso, Charles Baudelaire se ha quedado en casa y no lo tengo en la cabecera como entonces, ya no llevo el ipod a María Callas ni cierro los ojos como entonces con cualquier bolero, odio tanto recordarte que tus fotos fueron a parar en un disco y no las miro cada día para verte de nuevo. Odio tanto recordarte que no hablo de ti a mis amigos, ni escribo nuestra historia de manera recurrente como una manera de hallar cada día un nuevo secreto de nuestra intimidad, No pongo tu nombre cada vez en el Facebook para ver si apareces por casualidad, ni lo pongo en el google para seguir tus pasos. No hago nada de eso porque me irrita tanto tu recuerdo que sonrío cuando por casualidad me doy cuenta que voy por la calle hablando solo, diciendo tu nombre, recitando: 

¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria...
¿Qué dirás esta noche pobre alma solitaria,
Qué dirás, corazón, marchito hace tan poco,
A la muy bella, a la muy buena, a la amadísima,
Bajo cuya mirada floreciste de nuevo?
-El orgullo emplearemos en cantar sus loores;
Nada iguala al encanto que hay en su autoridad;
Su carne espiritual tiene un perfume angélico,
Y nos visten con ropas purísimas sus ojos.

En medio de la noche y de la soledad,
O a través de las calles, del gentío rodeado,
Danza como una antorcha su fantasma en el aire.

A veces habla y dice: «Yo soy bella y ordeno
Que por amor a mí no améis sino lo Bello;
Soy el Ángel guardián, la Musa y la Madona».

Poema 45 
¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria...
De Las Flores del Mal.
Lo bueno es que ahora es más fácil que entonces. Me pongo mis audífonos y quien me mire creerá que habló por el móvil, un loco cibernético a quien irrita tanto recordarte, casi tanto como cuando odiaba callarme mientras te vestías poco a poco para marcharte.
Ahora canto, le cuento a mi guitarra, le entrego mis caricias y desgrano aquellos besos que regamos en hoteles baratos mientras soñábamos que el mundo podía ser mejor.

sábado, 17 de noviembre de 2012

El Romántico del Bar.



El Romántico del Bar.
Por Antonio De Marcelo Esquivel
Francesca, recorrió por milésima vez el camino entre la barra y las mesas que debía atender, sorteó sillas, codos, hombros y por supuesto las miradas obsesivas que le seguían atentamente el andar de un lado a otro.
Esta vez empezó a buscar en el rostro de los clientes una muestra diferente a la natural de un comensal, pero ninguno se le hizo sospechoso, algunos miraban las pantallas colocadas en las columnas, otros conversaban entre sí a carcajada abierta, las parejas se miraban o tomaban de la mano, y los solitarios platicaban con su trago y acaso el celular.
-Ese maldito aparato, que vino a terminar con las relaciones humanas. Pensó para sí, mientras trataba de no perder el equilibrio con la charola en que cargaba platos sucios, vasos con restos de hielo y huellas grasosas en su alrededor, así como decenas de servilletas con quien sabe que desechos.
Al llegar de nuevo a la cocina sintió en el vientre el vibrar del celular, pero prefirió mantenerse en calma, solo lo tocó como se toca un hijo nonato y miró desde su puesto de observación como en busca del origen del mensaje, aunque no halló nada extraño; Ni luces de quien había conseguido de alguna manera su teléfono e insistía en enviar mensajes subliminales colocados en los límites de la cursilería y el romanticismo.
Solo Dios sabía de quién se trataba, quién era ese posible enamorado que gastaba su saldo y su tiempo es encubrir una relación platónica en la que Francesca hacia las veces de dama medieval, y él un anónimo caballero que se escudaba entre los pilares de la vieja cantina para mirarle furtivamente y describirla en esos  mensajes que transitaban entre el amor y la mera descripción expresionista.
Al estar frente a la barra buscó uno segundos, aprovechar que les daba la espalda a los clientes y sacó su móvil, quería y echar una rápida mirada al mensaje, sin perder detalle a a través del espejo; Ya habría tiempo más tarde para leerlo con clama, lo mismo que otras decenas que habían llegado en los últimos días, y que ahora llenaban sus noches de soledad leyéndolos y releyéndolos una y otra vez con la finalidad de hallar alguna clave que le indicara la naturaleza real de este enamorado. Un extraño que le colmaba de adjetivos y verbos engarzados en una pulida gramática digna de un Cyrano de Bergerac.
Francesca se había visto al espejo tantas veces en la vida, que a pesar de estar consciente de sus atributos actuaba con tal naturalidad, con un actuar que manaba como agua de manantial, natural como un río y fresco como una mañana, no notaba siquiera el efecto que su cabello recogido en una coleta causaba al menear la cabeza, la consecuencia de su mirar apacible y el que sus manos rozaran siquiera el hombro de alguno de sus clientes que de buena gana se dejaban querer por ella.
Iba de camino a servir una mesa, cuando sintió de nuevo el vibrar del celular, pero esta vez no lo tomó en cuenta, al contrario casi pierde el equilibrio con un joven que solitario la miraba de reojo aunque no tan discreto, que cualquiera podría darse cuenta del interés que tenía en la mujer que a diario deambulaba entre mesas y borrachos.
Por un momento perdió la concentración, a quien pidió ron le dio tequila, a quien pidió cerveza le dio ron y a quien pidió tequila le dio vodka le dio una disculpa porque solo traía un vaso con hielo, así que regresó de nuevo a la barra sin perder de vista al recién llegado que de pronto le dio la espalda y empezó a escribir en su celular.
-          Ese es, dijo para sí al tiempo que entregaba el vodka.
-          ¡Y si es ese le daré un golpe en la cabeza!, pensó, esperando el vibrar en el estomago,
Aunque este no llegó.
Qué raro, se dijo.
-Hubiera jurado que era él, pero no llegaron más mensajes de este desconocido que en su imaginativo tenía nombre y apellido: “El Romántico del Bar”, quizá el mismo que tantas veces hizo tocar en la rocola canciones de José José, de Roberto Carlos.
El mismo que se deslizaba entre las mesas admirándola de todos los ángulos posibles, quizá queriéndola sin siquiera atreverse a decirlo de frente, más bien con mensajes que llenaban el tedio de una mesera de cantina, una mujer que debía atender una clientela repleta de borrachos, bohemios, infieles, homosexuales o solitarios.
Pero no fue este ni ningún otro, llegó la tarde y de su mano la noche, las mesas se vaciaron y solo quedó el eco de las carcajadas, las malas palabras, los albures baratos, los gritos, la música ensordecedora, en el piso papeles, en las mesas servilleteros, en la basura botellas vacías, de nuevo había que abandonar el disfraza de mesera, volver a su vida de calle, de persona normal, caminar por las calles hasta casa, mirar de nuevo los mensajes de ese Romántico del Bar que desgranaba poemas sin verso, quizá un eterno enamorado, tal vez un bromista o solo un loco queriendo enloquecer a esta mesera de bar.


miércoles, 10 de octubre de 2012


Cada miércoles
Por: Antonio De Marcelo Esquivel

Me senté en el borde de la cama para mirarla mejor mientras estiraba sus piernas y brazos, como esas mañanas cuando recién ha despertado uno, y requiere que los músculos se tensen un poco, luego volvió a ese pose tan suyo que la hacía tan reconocible a mis ojos. Tal vez por eso la recorrí con la mirada una vez más mientras ella tomaba su blusa y se cubría los senos ya menos tensos que al principio. 

Entonces me hundí en sus ojos verdes y me perdí por completo. 

Hubiera querido hacerle el amor una vez más, pero dude un poco y simplemente me quede en el borde de la cama pasando el dorso de mi manos desde sus piernas hasta los pies. Era como una de esas, mis locas ceremonias post amatorias que tanto molestan a algunas, no a ella, que sonreía mientras se dejaba tocar poco a poco, sin siquiera moverse un milímetro, mirándome desde ese sitio que la hacía ser como una reina que ordena únicamente con la mirada. No se cuánto tiempo pase mis manos por sus piernas recorriendo el mismo camino una y otra vez, primero con el dorso de la mano y luego con la palma extendiendo los dedos casi como sí solo deseara sentir su energía que manaba como una fuente, poderosa como el sol y al mismo tiempo tierna como una noche de luna, un par de manos que hurgaban en su piel, primero las piernas, luego el vientre hasta llegar a sus senos que ahora se erguían como deseando alcanza el cielo, y que se ofrecían a mí, que sediento los deseaba sin dejar se mirar esos ojos verdes de los que no podría salir aunque quisiera. 

Entonces los tomé sin miramiento, sin reserva y sin siquiera mirarlos, con mis labios que escurrían besos y palabras de amor, ya no las palabras soeces que momentos antes habría preferido a su espalda, ni las caricias locas y atropelladas que nos enardecieron; ahora era lento en cada moviendo, en cada palabra pensada directa y sopesada, dicha a medias puesto que no es posible abrevar de ella y al mismo tiempo decir un te amo. 

Y me hubiera quedado ahí un millón de años alimentando mis sueños, regando mis besos prodigando mis caricias, pero el reloj no se detienen y del tiempo y espacio somos esclavos, así que lleve mis labios a los suyos, y deje que mis sentidos la tomaran a placer, primero mis ojos, luego mi boca y después mis manos que una vez más recorrieron su espalda en tanto que mis oídos reclamaban sus palabras, exigentes de amor, ahora menos procaces y más amables, menos calientes que momentos antes y más con sabor a te amo. 

Una vez más penetre sus pensamientos y fue mía y fui suyo, y deje mi simiente en su ser mientras gritaba, ya no bufando como bestia herida, ahora lento acompasado en movimientos circulares sin embestir, más bien dejando que su cuerpo adquiriera su propio ritmo entre espasmo y espasmo, que finalmente quizá sería la última vez que esas cuatro padres nos darían cobijo, en este amor prohibido que nos dañaba tanto y nos hacia suyos cada miércoles por la tarde.

martes, 7 de agosto de 2012

Deja vu


A kilómetros

Por Antonio De Marcelo Esquivel.

Un frapuchino mango maracuya es mi compañía, hoy no es el ron de anoche, ni las carcajadas de desconocidas y desconocidos que al rededor tomaban y discutían sus cosas, y sin embargo es como un deja vu que me lleva y me trae en el tiempo, como si de pronto mi reloj biológico se hubiera descompuesto y no pudiera situarme en un espacio temporoespacial, atrapado en el pasado pero viviendo el presente, como en esas películas extrañas donde se está en un momento pero de pronto la imagen es de algo que paso hace tiempo, y no me molesta, al contrario quisiera vivir así, rehaciendo cada instante como para vivirlo de nuevo, tal vez por ello regreso la cinta tantas veces hasta grabarme cada palabra, cada suceso, cada paso un sin fin de cosas que el tiempo y el destino fue tejiendo con nuestras vidas como esas bufandas que hacen las mujeres casi de manera automática.

Aun recuerdo esa tarde, en que el tedio de no querer leer mas a Foucault y su péndulo me llevo a la guía telefónica y como descolgué el aparato para pedir la hora, ya mis amigos me habían dicho que el 03 podría servir para conocer gente, pero la verdad siempre pensé que se trataba de una broma, hasta que Levante el auricular y marque casi de manera automática el numero, aunque solo para empezar a decir como loco un

.- hola, hola.

Hasta que alguien en ese espacio atemporal dijo desde cualquier lugar un

. - hola, hola.

Yo no sabía que responder, así que dije de nuevo hola, con lo que empezó una extraña platica, quien eres, donde estas, cómo te llamas y un sin fin de preguntas que nos llevaron a proporcionar nuestro número telefónico y claro de ahí vino la llamada, yo estaba nervioso, pero no lo demostré, me porte claro y firme durante esa y decenas de llamadas que se sucedieron por días, por semanas, por meses en una pospuesta cita que ya se demoraba bastante. Creo que nos conocíamos demasiado para ser dos desconocidos, ella una mujer casada hundida en el tedio de un marido celoso dos hijos en edad escolar y yo un loco aventurero solitario, amante de la buena mesa y la mejor cama. Es cierto mi primera intención fue tirarme a esa mujer y luego salir corriendo como siempre, con la prisa que siento después de coger, iba a decir hacer el amor, pero el amor no se hace, se alimenta y acaso de destruye, así que la palabra correcta es coger, mas algo paso de pronto que cambio toda la historia, no sé si fue durante el viaje o quizá ocurrió mientras la besaba o quizá cuando simplemente me instale en su vida, lo cierto es que hubo un momento en que empecé a necesitarle irremediablemente, razón que me hizo tomar ese autobús y recorrer 560 kilómetros hasta su encuentro, un encuentro que no puedo olvidar, como dejar atrás el momento justo cuando llego corriendo al hotel donde me había hospedado y sin siquiera mediar palabra nos prendimos en un beso eterno enmarcado en un abrazo que aun tengo en las manos, su blusa resbaladiza entre mis manos, su cuerpo menudo que podría apretar y apretar, aunque no lo hice, tenía miedo que de pronto se desmoronara entre mis brazos y fuera solo ese sueño malvado cuando uno abre los ojos y nada es cierto, tal vez por eso dejamos que el discurso corporal dijera los te quiero y desgranara las promesas de amor mientras nos sentíamos el uno al otro ella con ese temblor en los labios y yo con la prisa de probar su cuerpo en esa cama de hotel con paredes azules, un espacio donde mis manos no hablaban, gritaban hurgaban en su piel, buscaban grabar cada centímetro de piel, cada beso depositado en ella, y entonces bese de nuevo su cuerpo, probé sus tetas que al contacto con mis labios respondieron al llamado de la fantasía, bese su vientre lugar de magia y milagros, halle sus manos y las lleve a mi cuerpo, admire sus pies y quise que fuera mía para siempre, pero un fantasma rodeaba el lugar y quise llorar, desgarrar el momento y correr como loco, cosa que no hice, no por no tenerla, si no por ser tan mía que sufría de adelantado tener que marcharme, fueron segundos, después halle la puerta al cielo y con mis dedos de bajista empuje la puerta del paraíso solo como una promesa del nirvana, tome su mano me hundí en sus ojos verdes y hubiera muerto de buena gana entre sus piernas mientras alimentaba su ego con mis palabras en tanto le dejaba sentirme y le sentía tan tierna y bella que nada mas nos importaba en la vida, ambos con los ojos húmedos de lujuria ambos bestias que se entregaban al placer de la carne, ahí no era esposa, no era madre, no era hija, era mujer, una mujer que sedienta de palabras apenas podía decir un te quiero mientras cerraba los ojos y rasguñaba mi piel desgarrandola como queriendo hallar al otro yo que estaba dentro de ese lobo que la poseía loco y desenfrenado, que sin misericordia la amaba y le exigía tomarme entre sus labios para morir una y otra vez hasta explotar en pedazos dejando nuestros besos regados por la habitación, besos que resbalaban por su rostro, entre sus tetas y hasta su vientre mientras me miraba de nuevo tierna y sensible con esos ojos verdes que me hipnotizan.

domingo, 5 de agosto de 2012


Gajes
Antonio De Marcelo Esquivel.
Casi nunca hago entrevistas a domicilio, no es algo que acostumbre, quizá porque considero el oficio de periodista más público que privado, aunque algunas veces llevo uno a ese plano las entrevistas y no siempre salen bien; sin embargo ese día decidí que si quería arrancarlo algo a esa mujer de mirada tierna y sonrisa difícil eso únicamente podría ocurrir en su terreno, un lugar que le diera confianza y al mismo tiempo la tranquilidad de sentirse en su territorio, a salvo de depredadores y mirones, tal vez porque tenerla en territorio neutral parecía tan impersonal y lejano que acaso respondía con monosílabos o movimiento de cabeza, lo que no siempre se convierte en material digno de una nota informativa, tal vez por eso ahora estaba en ese sillón negro de piel que rechinaba con cualquier movimiento, lo que por supuesto siempre desconcentra; no hay como la pliana o no se algo que no haga ruido, ya desde que llegué me habían ofrecido algo de beber así que tenía un vaso de vidrio con hielo y whisky que sudaba de frío mientras le miraba de reojo con las ganas de tomarlo de un sorbo, aunque me contuve, no quería que descubrieran mi verdadera personalidad de bohemio, bueno algunos le llaman diferente, en fin, de pronto escuché su taconeo, aunque no era el clásico taconeo de oficina, apurado y sin compás, más bien era acompasado, uno tras otro con tiempo, con espacio, sin prisa, casi sordo sobre todo cuando empezó a descender por la amplia escalera de madera que servía de marco para admirar que bajo ese vestido entallado color vino había un par de piernas espectaculares que se marcaban con cada paso y aunque en ese momento no lo pude notar seguro era que sus caderas eran imponentes, aunque en ese momento llamó más mi atención su piel clara casi blanca, aunque sin llegar al alba nieve, que hacía perfecto juego con la tela del vestido que caía tan natural que parecía haber nacido con él.
Cuando llegó al último escalón ya estaba yo ahí extendiéndole la mano, en parte para ayudarle a bajar y en parte para saludarle, aunque ella la tomó y no la soltó, así que caminamos casi tomados de la mano hasta el mismo sillón negro para la entrevista.
Tenía mi cámara a la mano y me hubiera gustado empezar con las fotografías, pero preferí dejarlo para el final, de manera que saque la grabadora y la puse sobre el asiento, aunque ella dijo no sería mejor aquí, señalando el lugar justo donde se juntan las tetas, donde claro la grabadora quedaría perfecta, aunque a mi me hubiera gustado poner otra cosa ahí mucho mejor que una grabadora. Cuando dijo no sería mejor aquí además se señalar abrió los brazos y echó el pecho hacia delante ocasionando que ese hermoso par de tetas resaltara aún más y la redondez se remarcará mucho más como queriendo escapar de esa prisión que se llaman copas. Fue un segundo únicamente pero para mi fue como un millón de años cuando al poner la grabadora mis dedos apenas tocaron su piel, ara algo firme pero delicado, y tibio como un beso que me imagine posando mis manos y mis labios en ese par que invitaban al pecado.
El resto de la entrevista ni la recuerdo, me perdí en sus ojos, en su manera de mover la boca al hablar, en la forma de su rostro cuando arqueaba las cejas, en el perfil mostrado al mirar de lado y sobre todo en su manos que me hipnotizaron tan solo de mirar su movimiento que era como de una mariposa revolotenado por aquí entre nosotros.
Entonces empezó a hablar, se despojó de todo, narró una historia increíble de traiciones, amor, desamor, dolor y más dolor. Hubo un momento que las lágrimas casi le impidieron hablar, aunque no le interrumpí ni siquiera para consolarle, le deje hablar, que al fin era lo que deseaba, finalmente terminó, se levantó dio las gracias y se marchó. Yo me fui sin siquiera probar mi whisky y sin mi grabadora que seguirá entre sus tetas o que se yo, ahora me toca redactar su historia, solo que lo único que recuerdo es lo que ustedes han leído.

lunes, 23 de abril de 2012

De Johnny Walker y como ponerle en la madre a una relación.

Por Antonio De Marcelo Esquivel.
Dejamos los libros en el piso, la ropa, los zapatos, las chamarras y no hicimos el amor, nos metimos entre la sábana solo para estar ahí, juntos, muy juntos como si quisiéramos quedarnos así para siempre; claro nadie se hubiera imaginado en la escuela que Brenda y yo estaríamos en un hotel barato cuando debiéramos estar en clase de Literatura Mexicana ; se llamaba Maria creo, pero le llamábamos la la flaca, quizá por alguna suerte de odio, la verdad es que ni me acuerdo por qué de aquella mala vibra, solo que le decíamos así como si de esa manera le restásemos personalidad a su estatus de profesora y la relegásemos al estadio de una más en aquella facultad de Filosofía y de snobs, que a cada paso decían un pendejada más, en cierto modo Mariana no decía pendejadas, más bien era como esas personas que se aprenden tantas cosas de memoria y parecen una biblioteca que poco se les entiende. Quizá es por ello que Brenda y yo preferíamos aquellas escapadas al Centro Histórico solo para caminar entre edificios, casonas y coches hasta encontrar nuestro locus amenus, casi siempre era un café, una banca de parque, un iglesia, un banqueta, una cocina económica, aunque invariablemente terminábamos en el primer hotel de paso que se nos ponía enfrente, eso que decíamos era mejor para aprender la literatura que las insufribles horas de clase, bueno cada quien lee como puede; ella y yo preferíamos desnudar nuestros cuerpos, yo no sé si el alma o el espíritu más bien creo que eso es una mamada, nos encuerábamos para estar cómodos, para coger, para sentirnos, para mirarnos, para maltratarnos, para burlarnos de nosotros mismos y como siempre al final terminar haciendo el amor como si en ello nos fuera la vida. Luego o antes leíamos a Charles Bukovski, ese jodido alemán que solo puede estar en dos lugares tomando whisky o drogándose y tirándose a una puta. Entonces abríamos la botella de Johnny Walker y tomábamos derecho como los grandes, la verdad es que sabía de la chingada, pero hacíamos esfuerzos por tragar aquella madre hasta el final, yo no sé por qué las mujeres aguantan tanto, o si es que a ella no se le notaba el pedo, porque yo terminaba hasta la madre de borracho. A veces quedábamos exhaustos en aquella cama que no era nuestra y así abrazados dormíamos horas hasta que alguno abría los ojos y decía –puta madre es tardísimo, ella porque debía llegar a casa para ayudar a su madre y yo porque tenía que entrar a trabajar así que nos parábamos en chinga a buscar cada quien su ropa y por lo general a gritarnos como si el otro fuera responsable de las cosas del otro –no mames donde pusiste mis calzones, pásame los zapatos préstame tu cepillo, de peinar por supuesto, bueno que si hubiera sido el dental seguro nos lo habríamos entregado, así éramos uno y el otro libres y a la vez dependientes de nosotros mismos al grado de hacer escenas de celos y luego reclamar con aquel dejo de:
-No mames mes estás celando, claro para responder luego
-Ni madres por mi puedes darle las nalgas a quien se te dé la gana, bueno en mi caso, en el suyo decía
-A mi me vale madres a quien te andes cogiendo, es tu bronca, ya te dije que en este barco estamos mientras no haya pedo porque si un día vale madre yo saltaré primero como las ratas.
Eso de verdad me partía la madre, me dolía pero con aire de suficiencia decía:
-Por mí puedes largarte a la chingada si quieres ahora mismo, en el fondo no quería que se fuera nunca, es más, si por mí hubiera sido le hubiera gritado a todo mundo: –me ando cogiendo a esta vieja, no por el hecho de tirármela propiamente, sino por aquella cercanía que teníamos, por defender lo que en el fondo hacía propio, que era ella misma, no sé, de alguna manera marcar mi territorio como los perros, una forma de hacer sentir mi presencia en su vida, cosa que nunca hice por temor a sus aires de suficiencia y a que ella sentaba nuestra relación en aquella libertad de no ser ni siquiera de nosotros mismos, estaba cansada de los novios tiranos y los celos enfermizos, de un agente de ventas que la esperaba frente a su casa todas las noches únicamente para decirle que la amaba y que sería su perro si ella así lo deseaba, pero al que respondía con mis frases: – Debías tener un poco de dignidad y marcharte a casa, a ver si aprendes a respetarse a ti mismo.
Por ello es que la dejaba ser, incluso de pronto desaparecía de su vida uno, dos o tres días o una semana, una manera de darle respiro a la relación, de sentir que podía vivir sin ella que podía prescindir de ir tomar Jonny Walker, de leer a Bukovsky, de beber en su vientre, de viajar por entre sus largas piernas, de hundirme en su cabellera, de beber sus labios, de cabalgar en su ser, de respirar su aroma de creer que para siempre no es mucho tiempo.

Abraza la oscuridad
La confusión es el dios
la locura es el dios
la paz permanente de la vida
es la paz permanente de la muerte.
La agonía puede matar
o puede sustentar la vida
pero la paz es siempre horrible
la paz es la peor cosa
caminando
hablando
sonriendo
pareciendo ser.
no olvides las aceras,
las putas,
la traición,
el gusano en la manzana,
los bares, las cárceles
los suicidios de los amantes.
aquí en Estados Unidos
hemos asesinado a un presidente y a su hermano,
otro presidente ha tenido que dejar el cargo.
La gente que cree en la política
es como la gente que cree en dios:
sorben aire con pajitas
torcidas
no hay dios
no hay política
no hay paz
no hay amor
no hay control
no hay planes
mantente alejado de dios
permanece angustiado
deslízate.
Charles Bukowski:

viernes, 9 de marzo de 2012

Llamada desde la prisión

Crónicas de un reportero
Antonio De Marcelo Esquivel.
El teléfono suena repetidas ocasiones, mientras muerdo por enésima ocasión mi torta con carne de puerco en salsa y frijoles negros, comprada allá abajo en el puesto del Chuky; quisiera responder, pero este acto es parte de toda una ceremonia que no acepta dilaciones, la salsa y los frijoles se salen por los lados, los contengo con otra mordida, me lamo las comisuras, paladeo el maridaje creado por el chile morita en salsa con los frijoles y el pan, casi cierro los ojos para dejar que los sabores inunden mi papilas gustativas, pero todo esto sucede en unos cuantos segundos, me atraganto y antes de responder doy un sorbo a mi café con leche.
Es raro que alguien llame a esta hora a mi extensión, todo mundo sabe que llegó por la tarde.
De todos modos levanto el auricular y antes de terminar el saludo, alguien me dice que se trata de una llamada desde un penal.
La verdad dudé unos segundos antes de aceptar la llamada, pues no es la primera vez que alguien habla desde la prisión para contar una historia entre mentirosa y verdadera, pues dicen, todos los que están ahí aseguran ser inocentes, en tanto que la autoridad no quita el dedo del renglón al afirmar su culpabilidad, o al menos la presunción que los mantiene privados de su libertad.
Hago a un lado los restos de mi torta para mejor momento, mi café con leche, jalo mi libreta y pluma e inició una especia de intercambio de palabras que debía ser solo para conocer el caso a grandes rasgos y dejar para después la entrevista, pero quien quien inicia la conversación no da atregua,  es un hombre, cuya voz se escucha de alguien mayor. Se presenta como Rubén Jaime Gutiérrez, e inicia con una retahíla de denuncias, acusaciones y peticiones de justicia. Yo me imagino que es una persona de esas que han sido encarceladas de manera ilegal, así que le dejo hablar mientras veo de lejos mi torta  y mi café con leche. Él me narra que la Directora Ejecutiva de Sanciones Penales del sistema penitenciario de la Ciudad de México, Beatriz Segura Rosas, es la culpable de que no pueda gozar de nuevo en libertad.
Se llama: Rubén Jaime
Lleva en prisión: 23 años, cinco meses y 23 días.
Al momento de la llamada, desea caminar de nuevo por las calles de la ciudad, respirar el aire de la libertad, vivir con su esposa a quien conoció entre las visitas de sus amigos.
Más sin embargo un alud de papeleo y aparente burocratismo lo mantiene el prisión, pues no ha sido posible que sus amparos, y documentaciones de solicitud de libertad anticipada sean tomados en cuenta, “me los desecharon por improcedentes” afirma quien se dice además “primodelincuente”.
Sus palabras me hacen pensar que se trata de una persona conocedora de las leyes y el argot jurídico, así que lo interrogo y logro conocer que al ingresar a la cárcel y ver las injusticias decidió prepararse y ha logrado hacer la carrera de derecho, aunque hasta ahora no le sirva de nada, porque “el sistema penitenciario en México esta podrido” afirma.
Rubén Jaime evidentemente conoce los términos jurídicos, la manera de conducirse en el intrincado laberinto de la ley, pero me asalta una duda:
¿Por qué un hombre debe pasar 40 años en la cárcel?
¿Quién era él antes de ser detenido?
¿Qué delito cometió para que el juzgador le haya sentenciado a 40 años en prisión y ahora no le permitan un beneficio que la ley otorga a los primodelicuentes y quienes trabajan dentro de los penales?
Antes de responder a mis preguntas de reportero y curioso, asegura que ha trabajado al interior del penal 7,768 días al 15 de diciembre de 2011 en las calderas de la lavandería, en la bodega.
Antes su madre y hermanos o demás familia iban a verlo seguido, pero con el paso de los años su madre acude una vez al mes, mientras que su hermana viene cuando puede, más o menos cada tres meses, en tanto que el resto de la familia parecer haberlo olvidado y acaso preguntan a la madre y hermana cómo está, como si en algún momento pudieran asegurar que esta bien.
Rubén  Jaime Gutiérrez tenía una vida antes de enrolarse en las filas del crimen, una carrera y un futuro.
Estudio para contador privado, tenía una novia, se iban a casar, cuando conoció a un grupo de amigos con quienes compartía empleo, hasta que se les ocurrió la idea de salir de pobres de una vez por todas. Asaltarían la tienda El Palacio de Hierro.
El plan era perfecto, nada podía fallar, entrarían por la puerta grande, armados todos, para someter al vigilante y llevarse el efectivo causando terror entre los que ahí estuvieran, para luego repartirse el botín.
Pero el destino les jugó una mala pasada, los planes de salieron de control aquel dos de agosto de 1988 y en medio del caos provocado por el asalto los policías se jugaron la vida antes que permitir que se llevaran el dinero.
Las armas hablaron entonces y hubo fuego de ambas partes, los plomos calientes zumbaban mientras pasaban entre la gente para incrustarse en aparadores, paredes y por desgracia en el cuerpo de los vigilantes.
Al final fueron tres policías que salieron a trabajar, pero no volvieron a casa.
Detenido Rubén Jaime, aún asegura que sí disparó, pero que su arma no vomitó muerte, que habría ido otro de sus compañeros, aunque para el juez instructor de la causa “tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata” y le dio 40 años de prisión, de los que solo lleva poco más de la mitad.
Para mi jefe hacer esta nota sería como darle voz a un criminal, pero al paso de los días ha rodado en mi cabeza la idea de llevar al papel este caso, describirlo, porque finalmente es una historia de buenos y malos, donde no me toca a mi juzgar, solo platicar esto que pasa antes de ser noticia, pues como decimos en De Reporteros: siempre hay una historia tras la noticia. 

jueves, 5 de mayo de 2011

De la Olivetti al Ipad.


De la Olivetti al Ipad.
Antonio De Marcelo Esquivel.
Los puristas del periodismo dicen que la nota está en el lugar de los hechos, hay que salir de la redacción, ir a romperse la madre a las entrevistas banqueteras, esperar al funcionario a la puerta de la dependencia, quizá hacer antesala y al tenerlo enfrente ametrallarlo con preguntas hasta que suelte prenda. Pero los tiempos han cambiado, se han transformado de tal manera que el periodismo que hacíamos hace 20 años no es el mismo que hoy. Pese a todo, aún puedo escuchar el tableteo de las máquinas de escribir por la tarde cuando había que aporrear teclados para entregar la nota, algunos habían tomado clases de mecanografía, de esas que daban a las señoritas en secretariado e incluso hasta quienes aprendieron taquigrafía para apuntar mientras el funcionario dictaba una conferencia o una entrevista, el resto escribíamos como dicen: de a dedito, pero no menos veloces. Entonces los únicos avances tecnológicos era el teléfono y el fax en el mejor de los casos, para las redacciones quedaba el telex con esas kilométricas cintitas amarillas picoteadas que contenían las notas de agencias y del extranjero. En esas épocas aprender a hacer periodismo ocurría en la calle, tal como lo hizo el maestro Metinides, ícono de la fotografía policiaca, quien afirma que con su primera camarita tomó fotos a un accidentado y acudió a venderlas a La Prensa, para luego viajar en ambulancia, carros de bomberos o policías para lograr fotografías que se convirtieron quizá en la época de oro del diarismo de nota roja. Aún tuve la fortuna de verlo en acción, lo mismo que al Padrecito (Bernardo Reyes), un viejo fotoperiodista de mil batallas, que todas las noches viajaba en un viejo Volkswagen y como si se teletransportara era el primero en llegar a los casos de nota roja. Al ser yo nuevo en el oficio me acercaba para conocer algún detalle del asunto y siempre sacaba su libretita del bolsillo para decir “como no padrecito, mira fue un masculino o femenino, -según fuera el caso- de tal edad, con tales heridas, y dice la policía que fue ultimado así, mira ahí están los familiares”, a quienes teníamos que entrevistar, claro con mucho tacto, pues estaban viviendo un momento de mucho dolor, y por supuesto con el tiempo adquiría uno técnicas para aprovechar los primeros momentos, la confusión, nadie sabe quién es quién en el lugar de los hechos, porque pasado el momento alguna autoridad domina el lugar corre a los reporteros o bien no falta el familiar o amigo influyente que corre a todo mundo. Esas noches de trabajo denominadas la guardia en la patrulla, eran como la escuela nocturna, fueron mis mejores clases. Llegar a las 19:00 al diario y salir con el fotógrafo a la Cruz Roja en Polanco, donde ya estaban fotógrafos y reporteros de otros periódicos en espera de un caso, hasta que en una o varias claves en la radio, con frecuencias de la Cruz Roja, Bomberos y Policía nos ponían en alerta, una adrenalina que empieza a correr por las venas desde el momento en que alguien decía Z-1 en tal lugar que en clave de la policía es muerto o bien 14 que en la Cruz Roja es muerto también y como si fuésemos un comando armados de cámaras y grabadoras corríamos a la ambulancia R-11, que es la clave del periodista ahí. El ulular de la ambulancia era la señal de emergencia para salvar semáforos, contra flujos o tráfico hasta arribar al sitio donde había que recoger detalles máximos y si era posible por el tiempo dictar la nota a la guardia en la redacción, claro la coronación de cada caso eran las palabras, que para uno eran como mágicas, casi una droga: “dicta la nota, paren prensas cambia la portada”, entonces solo podían pasar dos cosas que otra nota matara la primera o irse a casa con la satisfacción de haber cumplido con el deber, dormir un poco, porque en unas horas había que empezar de nuevo. Hoy el teléfono celular, las computadoras, el ipad, la radio, el internet, los portales, el twitter y el facebook obligan a la inmediatez, pero no por eso el periodismo debe ser menos apasionante, aunque ahora las exclusivas únicamente duran unos minutos cuando bien nos va.

lunes, 4 de abril de 2011

En el periodismo ver es lo más importante.

Antonio De Marcelo Esquivel.
Esa mañana llegue al diario como siempre, al punto de las diez de la mañana y ante la falta de un buen crimen que investigar para las notas de la tarde caminé a la sala de prensa con mi amigo y compañero de correrías Noél Alvarado además el fotógrafo Salvador Chavez.
Si no había más tendríamos que buscar ún caso al que darle seguimiento, retomar alguno o bien hallar una buena historia en los asuntos del día mientras los minutos pasaban. De pronto se escuchó por la frecuencia de radio policial que un hombre había sido asesinado en su casa de la colonia Balbuena y por cierto estábamos muy cerca, de manera que abordamos el bocho y nos trasladamos reportaba. Para entonces ya teníamos tácticas de trabajo a fin de colarnos hasta el escenario del crimen, ver directamente a la víctima y recoger detalles del escenario para la crónica del día siguiente, así que decididos bajamos del carro y llegamos hasta la puerta donde preguntamos por el occiso, indicándonos un paramédico, que estaba al fondo de la casa, y que la mujer en la sala era su esposa.
Los tres llegamos hasta la bodega. el fotógrafo hizo algunas tomas y nosotros datos del hombre con camisa y corbata que bocarriba presentaba un orificio en el pecho. Al salir de esa bodega ya había llegado la policía investigadora, pero al ser amigos nos permitieron mantenernos a su lado mientras buscaban detalles que les indicaran la mecánica del asesinato.
Las primeras luces las dio la mamá, quien relató que esa mañana durante el desayuno su esposo increpó al hijo su falta de interés en la escuela y los quehaceres, de manera que ordenó a madre e hijo acudir a la escuela preparatoria y recoger las calificaciones.
Aseguro la madre que salieron juntos y harían el camino juntos, pero él hijo pidió regresar a cambiar zapatos por tenis y que la alcanzó en la escuela, donde la dejó en espera a la puerta, de la que se retiró porque no lo miraba salir.
Al llegar a casa su otro hijo había hallado ya a su padre muerto. La primer especulación de la policía es que la familia había salido, y en esta ausencia uno o varios ladrones entraron a la casa siguieron al padre de familia y lo acorralaron en la bodega, donde le hicieron un disparo causándole la muerte. Sin embargo algo no cuadraba, lo que nos hizo preguntar por el cuarto del hijo ausente y por alguna causa nos dieron acceso. Fue ahí donde hallamos la primera evidencia de un escalofriante caso de parricidio, aunque no claro aún, los tenis del joven preparatoriano tenían unas gotas casi imperceptibles de sangre, lo que avisamos de inmediato a los agentes de la Policía Judicial y al Ministerio Público, que ordenó recogerlos como evidencia.
El resto fue mero trámite, nos tiramos al piso en el comedor y pudimos ver que alguien había lavado sangre, sobre todo porque la jerga fue arrojada atrás de unos tanques de gas aún con agua sanguinolenta.
Era claro, el joven no sabría cómo explicar sus bajas notas, así que regresó y disparó contra su padre, para luego alcanzar a mamá y al volver todos creerían que alguien había entrado a robar. Por cierto el joven ya no regreso a casa esa tarde, por la noche llamó diciéndose secuestrado, mientras en el diario se cocinaba esta nota que una vez más me cubría de gloria, no obstante que el director me dijo esa noche “me la voy a jugar contigo, si no es parricidio como aseguras nos vamos los dos” y nos la jugamos porque la cabeza del día siguiente fue PARRICIDIO.
Esa noche el joven hijo llamó a casa para decir que había logrado escapar y aunque pensaba que tenía todo bajo control cayó en la trampa de la policía que ofreciéndole protección lo interrogó al llegar a casa. Durante las horas que duró el interrogatorio terminó por confesar que volvió a casa tomó la pistola de papá y se la vació por la espalda, era seis tiros que yo nunca vi, porque emocionado de haber ayudado a resolver un caso en breve tiempo no me tomé la molestia de ir a revisar el cuerpo al forense y conocer las causa de la muerte. Cuando le dije al director que si era parricidio y el hijo le había vaciado el cargador respondió: ¿Cuántos balazos te faltaron? Cinco, respondí, entonces me miró a los ojos y me anunció -Te vas cinco días suspendido.

miércoles, 9 de marzo de 2011

¿A qué huele la muerte?


Por Antonio De Marcelo Esquivel.
Foto y texto.
La última vez que fui al Servicio Médico Forense de la Ciudad de México para investigar un crimen fue allá por finales de la década de los 90, para entonces entrar a la morgue no era la sarta de trámites burocráticos que ahora, es más ahora ya ni se puede. Sólo había que llegar a la recepción de ese edificio en la calle de Niños Héroes, de la colonia Doctores y preguntar por el doctor Cerna, que entonces era el director o bien por el doctor Rodolfo Rojo y listo teníamos una entrevista en vivo y en directo para conocer detalles del crimen en cuestión, lo que claro nos daba material suficiente para seguir la nota y entregar a nuestros lectores de La Prensa una cronología del caso, y es que como lo dictaban los cánones de la línea editorial de nuestro diario había que darle a nuestro público detalles, como decía don Augusto Corro:
-Lleva a los lectores al lugar de los hechos, tú tienes acceso, ellos no.
De ahí que me acostumbre a describir olores, colores, texturas, sabores y sonidos, y pues si acertaron tener alerta los cinco sentidos e incluso un sexto del que no debe carecer un buen sabueso de la nota roja, que debe pensar como policía, como criminal y actuar como reportero.
Puedo decir con toda seguridad como si hubiera sido ayer, que el olor característico de los lugres donde buscan limpieza total, era similar, a pino combinado con ese olor característico de la muerte.
¿Pero a qué huele la muerte? Yo también me lo pregunte por mucho tiempo y en esa curiosidad natural y extra natural que tenemos algunas personas como el joven Grenouille de El Perfume, percibí desde el basurero que estaba atrás de mi casa allá en Ecatepec, Estado de México, donde los perros hinchados y mosqueados insultaban el olfato, hasta pequeños insectos, claro eso en mi niñez, sin imaginar que un día me eso serviría de algo.
Ya cuando hice periodismo policiaco pude conocer ese característico olor, que claro no es el mismo siempre, porque depende no solo de la limpieza que en vida tuvo el muerto, sino además de las condiciones en que ha ocurrido la muerte y por supuesto de cuánto tiempo lleva el cuerpo desde el momento en que murió. (iba a decir perdió la vida, pero claro no es posible porque perder significa que podría hallarla en cualquier momento, y hasta ahora no conozco un muerto que haya encontrado su vida luego de perderla, en fin)
Los hay que han colgado los muerto por un infarto mientras se duchaban, que cayeron en casa y se dieron un golpe o bien los que han tenido una larga agonía por enfermedad o lesiones hasta que por fin terminaron su vida.
También los hay que han muerto en accidentes terribles que les han mutilado, o bien que en peleas fueron heridos y murieron, así los más comunes en este nuevo siglo XXI víctimas del crimen organizado, torturados o baleados, lo que aumenta ese olor característico de la sangre que se descompone al contacto con el medio ambiente y crea ese olor que no se quita con nada.
Aún cuando hay limpieza total el olor a sangre que es entre agrio y descompuesto se puede reconocer, aún cuando ya no esté ahí el cuerpo.
Así olía el Semefo entonces, no como ahora que es un edificio impersonal muy limpio como hospital, que parece una escuela de medicina, con salones muy blancos, pupitres en fila y alumnos que solo pueden ver un cadáver desde una gran ventana de vidrio.
Y lo mismo le ocurre a las nuevas generaciones de periodistas, que de no ser por los que trabajan en la calle y llegan al lugar de los hechos antes que la policía, logran ver un cadáver, perciben el olor, las texturas y saborean la nota aún antes de redactarla.

domingo, 19 de diciembre de 2010

SIN LA CAMARA EN MANO.



Sin la cámara en mano.
Antonio De Marcelo Esquivel.
Había pensado hacer toda una historia de cine con una cámara y entrevistas para dejar testimonio de la vida y obra de Domingo De Marcelo Ruíz, pero el tiempo se me viene encima y los pretextos no faltan, así que he ido dejando para otro día lo que debía ocurrir ya mismo.
Y es que de pronto se me ocurren ideas como poner una cámara escondida e inducir la plática hacia esas vivencias que han conformado el pasado de mi papá y mamá, cosa no fácil porque contar nuestra propia historia solo sale real si la cuentas en la sobre mesa, entre unos tragos; lo que no ocurriría nunca con mi papá que no toma, o bien en una de esas tardes de nostalgia mientras te admiras de cómo ha cambiando el lugar, así que he decidido reproducir uno de esos instantes, de los que está hecha la vida.
Fue una mañana, no diré cual para evitar esos de las fechas y darle a este espacio su naturaleza de cuentero y confesionario.
Apenas habíamos comido mole, a unos días de celebrar la navidad, cosa poco común porque el cumpleaños de mi hermana Lilia nunca se ha celebrado, quizá porque al caer en 19 de diciembre, pues ya tiene encima las posadas, los preparativos de la cena navideña, los regalos de la noche del 24 y el intercambio de calzones que inventamos en una de esas tardes de ocio entre mis hermanos y yo, lo que no ha cambiado, de manera que cada 31 de diciembre al menos estrenaremos chones rojos para el amor o amarillos para el dinero.
Relato todo esto porque la vida es una maraña de actos, como una película de esas con una historia en cada personaje, y hace falta conocer la naturaleza de cada uno para saber el papel que juega en este tinglado.
Fue precisamente en una de esas sobremesas, que hablamos de cómo ahora las parejas ya no se comprometen en una relación para toda la vida y al contrario se casan con la consigna de que si no funciona pues: nos separamos y ya, eso sin pensar siquiera en todos los corazones que rompen cuando toman esa decisión, y digo corazones porque las relaciones cuando profundizan implican a las familias de ambos que en muchos casos se involucran y en una separación toda la familia termina dañada, además de los hijos que nada tienen que ver en las decisiones.
Cómo decimos a veces cuando sentimos nostalgia porque en el pasado todo fue mejor, ya no los hacen como antes, y claro al menos no a las personas que ahora han enfermado al mundo.
Quizá por eso celebro tener un papá y una mamá que sortearon los sinsabores de la vida y como dicen cuando se casan, estar juntos hasta que la muerte los separe.
Ahí estaban sentados uno a cada lado de la mesa con los papeles bien delimitados, ella cocinando y el proveedor del hogar, dos papeles diferentes pero indivisibles porque de esa combinación de trabajos nada fáciles nos educaron a los hijos que hoy deseamos tener una vida larga en la que un día podamos conversar con las huellas del tiempo en una rememoración de ese pasado en que pusimos en práctica las sabias palabras de papá.
Digo ahora ya no se roba uno a las muchachas, ni les da un ultimátum, pero al caso da lo mismo pues como dijo Maquiavelo el fin justifica los medios.
En tanto la cámara sigue guardada en espera de ese documental que sea mi opera prima con la vida de Domingo De Marcelo.