viernes, 9 de marzo de 2012

Llamada desde la prisión

Crónicas de un reportero
Antonio De Marcelo Esquivel.
El teléfono suena repetidas ocasiones, mientras muerdo por enésima ocasión mi torta con carne de puerco en salsa y frijoles negros, comprada allá abajo en el puesto del Chuky; quisiera responder, pero este acto es parte de toda una ceremonia que no acepta dilaciones, la salsa y los frijoles se salen por los lados, los contengo con otra mordida, me lamo las comisuras, paladeo el maridaje creado por el chile morita en salsa con los frijoles y el pan, casi cierro los ojos para dejar que los sabores inunden mi papilas gustativas, pero todo esto sucede en unos cuantos segundos, me atraganto y antes de responder doy un sorbo a mi café con leche.
Es raro que alguien llame a esta hora a mi extensión, todo mundo sabe que llegó por la tarde.
De todos modos levanto el auricular y antes de terminar el saludo, alguien me dice que se trata de una llamada desde un penal.
La verdad dudé unos segundos antes de aceptar la llamada, pues no es la primera vez que alguien habla desde la prisión para contar una historia entre mentirosa y verdadera, pues dicen, todos los que están ahí aseguran ser inocentes, en tanto que la autoridad no quita el dedo del renglón al afirmar su culpabilidad, o al menos la presunción que los mantiene privados de su libertad.
Hago a un lado los restos de mi torta para mejor momento, mi café con leche, jalo mi libreta y pluma e inició una especia de intercambio de palabras que debía ser solo para conocer el caso a grandes rasgos y dejar para después la entrevista, pero quien quien inicia la conversación no da atregua,  es un hombre, cuya voz se escucha de alguien mayor. Se presenta como Rubén Jaime Gutiérrez, e inicia con una retahíla de denuncias, acusaciones y peticiones de justicia. Yo me imagino que es una persona de esas que han sido encarceladas de manera ilegal, así que le dejo hablar mientras veo de lejos mi torta  y mi café con leche. Él me narra que la Directora Ejecutiva de Sanciones Penales del sistema penitenciario de la Ciudad de México, Beatriz Segura Rosas, es la culpable de que no pueda gozar de nuevo en libertad.
Se llama: Rubén Jaime
Lleva en prisión: 23 años, cinco meses y 23 días.
Al momento de la llamada, desea caminar de nuevo por las calles de la ciudad, respirar el aire de la libertad, vivir con su esposa a quien conoció entre las visitas de sus amigos.
Más sin embargo un alud de papeleo y aparente burocratismo lo mantiene el prisión, pues no ha sido posible que sus amparos, y documentaciones de solicitud de libertad anticipada sean tomados en cuenta, “me los desecharon por improcedentes” afirma quien se dice además “primodelincuente”.
Sus palabras me hacen pensar que se trata de una persona conocedora de las leyes y el argot jurídico, así que lo interrogo y logro conocer que al ingresar a la cárcel y ver las injusticias decidió prepararse y ha logrado hacer la carrera de derecho, aunque hasta ahora no le sirva de nada, porque “el sistema penitenciario en México esta podrido” afirma.
Rubén Jaime evidentemente conoce los términos jurídicos, la manera de conducirse en el intrincado laberinto de la ley, pero me asalta una duda:
¿Por qué un hombre debe pasar 40 años en la cárcel?
¿Quién era él antes de ser detenido?
¿Qué delito cometió para que el juzgador le haya sentenciado a 40 años en prisión y ahora no le permitan un beneficio que la ley otorga a los primodelicuentes y quienes trabajan dentro de los penales?
Antes de responder a mis preguntas de reportero y curioso, asegura que ha trabajado al interior del penal 7,768 días al 15 de diciembre de 2011 en las calderas de la lavandería, en la bodega.
Antes su madre y hermanos o demás familia iban a verlo seguido, pero con el paso de los años su madre acude una vez al mes, mientras que su hermana viene cuando puede, más o menos cada tres meses, en tanto que el resto de la familia parecer haberlo olvidado y acaso preguntan a la madre y hermana cómo está, como si en algún momento pudieran asegurar que esta bien.
Rubén  Jaime Gutiérrez tenía una vida antes de enrolarse en las filas del crimen, una carrera y un futuro.
Estudio para contador privado, tenía una novia, se iban a casar, cuando conoció a un grupo de amigos con quienes compartía empleo, hasta que se les ocurrió la idea de salir de pobres de una vez por todas. Asaltarían la tienda El Palacio de Hierro.
El plan era perfecto, nada podía fallar, entrarían por la puerta grande, armados todos, para someter al vigilante y llevarse el efectivo causando terror entre los que ahí estuvieran, para luego repartirse el botín.
Pero el destino les jugó una mala pasada, los planes de salieron de control aquel dos de agosto de 1988 y en medio del caos provocado por el asalto los policías se jugaron la vida antes que permitir que se llevaran el dinero.
Las armas hablaron entonces y hubo fuego de ambas partes, los plomos calientes zumbaban mientras pasaban entre la gente para incrustarse en aparadores, paredes y por desgracia en el cuerpo de los vigilantes.
Al final fueron tres policías que salieron a trabajar, pero no volvieron a casa.
Detenido Rubén Jaime, aún asegura que sí disparó, pero que su arma no vomitó muerte, que habría ido otro de sus compañeros, aunque para el juez instructor de la causa “tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata” y le dio 40 años de prisión, de los que solo lleva poco más de la mitad.
Para mi jefe hacer esta nota sería como darle voz a un criminal, pero al paso de los días ha rodado en mi cabeza la idea de llevar al papel este caso, describirlo, porque finalmente es una historia de buenos y malos, donde no me toca a mi juzgar, solo platicar esto que pasa antes de ser noticia, pues como decimos en De Reporteros: siempre hay una historia tras la noticia. 

jueves, 5 de mayo de 2011

De la Olivetti al Ipad.


De la Olivetti al Ipad.
Antonio De Marcelo Esquivel.
Los puristas del periodismo dicen que la nota está en el lugar de los hechos, hay que salir de la redacción, ir a romperse la madre a las entrevistas banqueteras, esperar al funcionario a la puerta de la dependencia, quizá hacer antesala y al tenerlo enfrente ametrallarlo con preguntas hasta que suelte prenda. Pero los tiempos han cambiado, se han transformado de tal manera que el periodismo que hacíamos hace 20 años no es el mismo que hoy. Pese a todo, aún puedo escuchar el tableteo de las máquinas de escribir por la tarde cuando había que aporrear teclados para entregar la nota, algunos habían tomado clases de mecanografía, de esas que daban a las señoritas en secretariado e incluso hasta quienes aprendieron taquigrafía para apuntar mientras el funcionario dictaba una conferencia o una entrevista, el resto escribíamos como dicen: de a dedito, pero no menos veloces. Entonces los únicos avances tecnológicos era el teléfono y el fax en el mejor de los casos, para las redacciones quedaba el telex con esas kilométricas cintitas amarillas picoteadas que contenían las notas de agencias y del extranjero. En esas épocas aprender a hacer periodismo ocurría en la calle, tal como lo hizo el maestro Metinides, ícono de la fotografía policiaca, quien afirma que con su primera camarita tomó fotos a un accidentado y acudió a venderlas a La Prensa, para luego viajar en ambulancia, carros de bomberos o policías para lograr fotografías que se convirtieron quizá en la época de oro del diarismo de nota roja. Aún tuve la fortuna de verlo en acción, lo mismo que al Padrecito (Bernardo Reyes), un viejo fotoperiodista de mil batallas, que todas las noches viajaba en un viejo Volkswagen y como si se teletransportara era el primero en llegar a los casos de nota roja. Al ser yo nuevo en el oficio me acercaba para conocer algún detalle del asunto y siempre sacaba su libretita del bolsillo para decir “como no padrecito, mira fue un masculino o femenino, -según fuera el caso- de tal edad, con tales heridas, y dice la policía que fue ultimado así, mira ahí están los familiares”, a quienes teníamos que entrevistar, claro con mucho tacto, pues estaban viviendo un momento de mucho dolor, y por supuesto con el tiempo adquiría uno técnicas para aprovechar los primeros momentos, la confusión, nadie sabe quién es quién en el lugar de los hechos, porque pasado el momento alguna autoridad domina el lugar corre a los reporteros o bien no falta el familiar o amigo influyente que corre a todo mundo. Esas noches de trabajo denominadas la guardia en la patrulla, eran como la escuela nocturna, fueron mis mejores clases. Llegar a las 19:00 al diario y salir con el fotógrafo a la Cruz Roja en Polanco, donde ya estaban fotógrafos y reporteros de otros periódicos en espera de un caso, hasta que en una o varias claves en la radio, con frecuencias de la Cruz Roja, Bomberos y Policía nos ponían en alerta, una adrenalina que empieza a correr por las venas desde el momento en que alguien decía Z-1 en tal lugar que en clave de la policía es muerto o bien 14 que en la Cruz Roja es muerto también y como si fuésemos un comando armados de cámaras y grabadoras corríamos a la ambulancia R-11, que es la clave del periodista ahí. El ulular de la ambulancia era la señal de emergencia para salvar semáforos, contra flujos o tráfico hasta arribar al sitio donde había que recoger detalles máximos y si era posible por el tiempo dictar la nota a la guardia en la redacción, claro la coronación de cada caso eran las palabras, que para uno eran como mágicas, casi una droga: “dicta la nota, paren prensas cambia la portada”, entonces solo podían pasar dos cosas que otra nota matara la primera o irse a casa con la satisfacción de haber cumplido con el deber, dormir un poco, porque en unas horas había que empezar de nuevo. Hoy el teléfono celular, las computadoras, el ipad, la radio, el internet, los portales, el twitter y el facebook obligan a la inmediatez, pero no por eso el periodismo debe ser menos apasionante, aunque ahora las exclusivas únicamente duran unos minutos cuando bien nos va.

lunes, 4 de abril de 2011

En el periodismo ver es lo más importante.

Antonio De Marcelo Esquivel.
Esa mañana llegue al diario como siempre, al punto de las diez de la mañana y ante la falta de un buen crimen que investigar para las notas de la tarde caminé a la sala de prensa con mi amigo y compañero de correrías Noél Alvarado además el fotógrafo Salvador Chavez.
Si no había más tendríamos que buscar ún caso al que darle seguimiento, retomar alguno o bien hallar una buena historia en los asuntos del día mientras los minutos pasaban. De pronto se escuchó por la frecuencia de radio policial que un hombre había sido asesinado en su casa de la colonia Balbuena y por cierto estábamos muy cerca, de manera que abordamos el bocho y nos trasladamos reportaba. Para entonces ya teníamos tácticas de trabajo a fin de colarnos hasta el escenario del crimen, ver directamente a la víctima y recoger detalles del escenario para la crónica del día siguiente, así que decididos bajamos del carro y llegamos hasta la puerta donde preguntamos por el occiso, indicándonos un paramédico, que estaba al fondo de la casa, y que la mujer en la sala era su esposa.
Los tres llegamos hasta la bodega. el fotógrafo hizo algunas tomas y nosotros datos del hombre con camisa y corbata que bocarriba presentaba un orificio en el pecho. Al salir de esa bodega ya había llegado la policía investigadora, pero al ser amigos nos permitieron mantenernos a su lado mientras buscaban detalles que les indicaran la mecánica del asesinato.
Las primeras luces las dio la mamá, quien relató que esa mañana durante el desayuno su esposo increpó al hijo su falta de interés en la escuela y los quehaceres, de manera que ordenó a madre e hijo acudir a la escuela preparatoria y recoger las calificaciones.
Aseguro la madre que salieron juntos y harían el camino juntos, pero él hijo pidió regresar a cambiar zapatos por tenis y que la alcanzó en la escuela, donde la dejó en espera a la puerta, de la que se retiró porque no lo miraba salir.
Al llegar a casa su otro hijo había hallado ya a su padre muerto. La primer especulación de la policía es que la familia había salido, y en esta ausencia uno o varios ladrones entraron a la casa siguieron al padre de familia y lo acorralaron en la bodega, donde le hicieron un disparo causándole la muerte. Sin embargo algo no cuadraba, lo que nos hizo preguntar por el cuarto del hijo ausente y por alguna causa nos dieron acceso. Fue ahí donde hallamos la primera evidencia de un escalofriante caso de parricidio, aunque no claro aún, los tenis del joven preparatoriano tenían unas gotas casi imperceptibles de sangre, lo que avisamos de inmediato a los agentes de la Policía Judicial y al Ministerio Público, que ordenó recogerlos como evidencia.
El resto fue mero trámite, nos tiramos al piso en el comedor y pudimos ver que alguien había lavado sangre, sobre todo porque la jerga fue arrojada atrás de unos tanques de gas aún con agua sanguinolenta.
Era claro, el joven no sabría cómo explicar sus bajas notas, así que regresó y disparó contra su padre, para luego alcanzar a mamá y al volver todos creerían que alguien había entrado a robar. Por cierto el joven ya no regreso a casa esa tarde, por la noche llamó diciéndose secuestrado, mientras en el diario se cocinaba esta nota que una vez más me cubría de gloria, no obstante que el director me dijo esa noche “me la voy a jugar contigo, si no es parricidio como aseguras nos vamos los dos” y nos la jugamos porque la cabeza del día siguiente fue PARRICIDIO.
Esa noche el joven hijo llamó a casa para decir que había logrado escapar y aunque pensaba que tenía todo bajo control cayó en la trampa de la policía que ofreciéndole protección lo interrogó al llegar a casa. Durante las horas que duró el interrogatorio terminó por confesar que volvió a casa tomó la pistola de papá y se la vació por la espalda, era seis tiros que yo nunca vi, porque emocionado de haber ayudado a resolver un caso en breve tiempo no me tomé la molestia de ir a revisar el cuerpo al forense y conocer las causa de la muerte. Cuando le dije al director que si era parricidio y el hijo le había vaciado el cargador respondió: ¿Cuántos balazos te faltaron? Cinco, respondí, entonces me miró a los ojos y me anunció -Te vas cinco días suspendido.

miércoles, 9 de marzo de 2011

¿A qué huele la muerte?


Por Antonio De Marcelo Esquivel.
Foto y texto.
La última vez que fui al Servicio Médico Forense de la Ciudad de México para investigar un crimen fue allá por finales de la década de los 90, para entonces entrar a la morgue no era la sarta de trámites burocráticos que ahora, es más ahora ya ni se puede. Sólo había que llegar a la recepción de ese edificio en la calle de Niños Héroes, de la colonia Doctores y preguntar por el doctor Cerna, que entonces era el director o bien por el doctor Rodolfo Rojo y listo teníamos una entrevista en vivo y en directo para conocer detalles del crimen en cuestión, lo que claro nos daba material suficiente para seguir la nota y entregar a nuestros lectores de La Prensa una cronología del caso, y es que como lo dictaban los cánones de la línea editorial de nuestro diario había que darle a nuestro público detalles, como decía don Augusto Corro:
-Lleva a los lectores al lugar de los hechos, tú tienes acceso, ellos no.
De ahí que me acostumbre a describir olores, colores, texturas, sabores y sonidos, y pues si acertaron tener alerta los cinco sentidos e incluso un sexto del que no debe carecer un buen sabueso de la nota roja, que debe pensar como policía, como criminal y actuar como reportero.
Puedo decir con toda seguridad como si hubiera sido ayer, que el olor característico de los lugres donde buscan limpieza total, era similar, a pino combinado con ese olor característico de la muerte.
¿Pero a qué huele la muerte? Yo también me lo pregunte por mucho tiempo y en esa curiosidad natural y extra natural que tenemos algunas personas como el joven Grenouille de El Perfume, percibí desde el basurero que estaba atrás de mi casa allá en Ecatepec, Estado de México, donde los perros hinchados y mosqueados insultaban el olfato, hasta pequeños insectos, claro eso en mi niñez, sin imaginar que un día me eso serviría de algo.
Ya cuando hice periodismo policiaco pude conocer ese característico olor, que claro no es el mismo siempre, porque depende no solo de la limpieza que en vida tuvo el muerto, sino además de las condiciones en que ha ocurrido la muerte y por supuesto de cuánto tiempo lleva el cuerpo desde el momento en que murió. (iba a decir perdió la vida, pero claro no es posible porque perder significa que podría hallarla en cualquier momento, y hasta ahora no conozco un muerto que haya encontrado su vida luego de perderla, en fin)
Los hay que han colgado los muerto por un infarto mientras se duchaban, que cayeron en casa y se dieron un golpe o bien los que han tenido una larga agonía por enfermedad o lesiones hasta que por fin terminaron su vida.
También los hay que han muerto en accidentes terribles que les han mutilado, o bien que en peleas fueron heridos y murieron, así los más comunes en este nuevo siglo XXI víctimas del crimen organizado, torturados o baleados, lo que aumenta ese olor característico de la sangre que se descompone al contacto con el medio ambiente y crea ese olor que no se quita con nada.
Aún cuando hay limpieza total el olor a sangre que es entre agrio y descompuesto se puede reconocer, aún cuando ya no esté ahí el cuerpo.
Así olía el Semefo entonces, no como ahora que es un edificio impersonal muy limpio como hospital, que parece una escuela de medicina, con salones muy blancos, pupitres en fila y alumnos que solo pueden ver un cadáver desde una gran ventana de vidrio.
Y lo mismo le ocurre a las nuevas generaciones de periodistas, que de no ser por los que trabajan en la calle y llegan al lugar de los hechos antes que la policía, logran ver un cadáver, perciben el olor, las texturas y saborean la nota aún antes de redactarla.

domingo, 19 de diciembre de 2010

SIN LA CAMARA EN MANO.



Sin la cámara en mano.
Antonio De Marcelo Esquivel.
Había pensado hacer toda una historia de cine con una cámara y entrevistas para dejar testimonio de la vida y obra de Domingo De Marcelo Ruíz, pero el tiempo se me viene encima y los pretextos no faltan, así que he ido dejando para otro día lo que debía ocurrir ya mismo.
Y es que de pronto se me ocurren ideas como poner una cámara escondida e inducir la plática hacia esas vivencias que han conformado el pasado de mi papá y mamá, cosa no fácil porque contar nuestra propia historia solo sale real si la cuentas en la sobre mesa, entre unos tragos; lo que no ocurriría nunca con mi papá que no toma, o bien en una de esas tardes de nostalgia mientras te admiras de cómo ha cambiando el lugar, así que he decidido reproducir uno de esos instantes, de los que está hecha la vida.
Fue una mañana, no diré cual para evitar esos de las fechas y darle a este espacio su naturaleza de cuentero y confesionario.
Apenas habíamos comido mole, a unos días de celebrar la navidad, cosa poco común porque el cumpleaños de mi hermana Lilia nunca se ha celebrado, quizá porque al caer en 19 de diciembre, pues ya tiene encima las posadas, los preparativos de la cena navideña, los regalos de la noche del 24 y el intercambio de calzones que inventamos en una de esas tardes de ocio entre mis hermanos y yo, lo que no ha cambiado, de manera que cada 31 de diciembre al menos estrenaremos chones rojos para el amor o amarillos para el dinero.
Relato todo esto porque la vida es una maraña de actos, como una película de esas con una historia en cada personaje, y hace falta conocer la naturaleza de cada uno para saber el papel que juega en este tinglado.
Fue precisamente en una de esas sobremesas, que hablamos de cómo ahora las parejas ya no se comprometen en una relación para toda la vida y al contrario se casan con la consigna de que si no funciona pues: nos separamos y ya, eso sin pensar siquiera en todos los corazones que rompen cuando toman esa decisión, y digo corazones porque las relaciones cuando profundizan implican a las familias de ambos que en muchos casos se involucran y en una separación toda la familia termina dañada, además de los hijos que nada tienen que ver en las decisiones.
Cómo decimos a veces cuando sentimos nostalgia porque en el pasado todo fue mejor, ya no los hacen como antes, y claro al menos no a las personas que ahora han enfermado al mundo.
Quizá por eso celebro tener un papá y una mamá que sortearon los sinsabores de la vida y como dicen cuando se casan, estar juntos hasta que la muerte los separe.
Ahí estaban sentados uno a cada lado de la mesa con los papeles bien delimitados, ella cocinando y el proveedor del hogar, dos papeles diferentes pero indivisibles porque de esa combinación de trabajos nada fáciles nos educaron a los hijos que hoy deseamos tener una vida larga en la que un día podamos conversar con las huellas del tiempo en una rememoración de ese pasado en que pusimos en práctica las sabias palabras de papá.
Digo ahora ya no se roba uno a las muchachas, ni les da un ultimátum, pero al caso da lo mismo pues como dijo Maquiavelo el fin justifica los medios.
En tanto la cámara sigue guardada en espera de ese documental que sea mi opera prima con la vida de Domingo De Marcelo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Con todo cariño para una mujer importante.



Las manos más lindas.

Por Antonio De Marcelo Esquivel.

De pie como siempre con un guiso en el pensamiento, una oración en los labios y las manos ocupadas en pelar chicharos, tomates o patas de pollo camina siempre de un lado a otro, acaso con seriedad pero nunca con enojo en el rostro, incluso cuando más iracunda siempre sabe hallar una respuesta que acompañe el regaño para hacernos mejores personas, quizá por eso es que nunca le guardé rencor por los golpes, los jalones de orejas o la felpas por no saber crecer como se debe.
De ella se muchas historias pero poco de sí misma, de cuando nació casi no se sabe. Le celebramos su cumpleaños en julio, pero creo que nació en mayo, quizá poco después en el tiempo de aguas, y es que nos ha contado infinidad de ocasiones:
-Cuando pregunte la fecha de mi nacimiento mi mamá me dijo:
-Ya veras, tu naciste cuando el rayo mató el torito.
La respuesta nos arrancó carcajadas la primera vez, luego solo sonrisas y ahora solo una profunda pena porque no tiene fecha de cumpleaños, aunque a ella eso no le importa, porque al ser madre se deja de lado esas cosas poco prácticas para atender asuntos más importantes como el crecer nueve hijos, darles de comer, educarlos, corregirlos, esperar al papá y hacer rendir el gasto por poco que este pueda ser.
Antes ni siquiera la escuchaba, buscaba el menor pretexto para salir a la calle y recorre esas calles polvosas, llenas de cables como telaraña, casa a medio construir y una sociedad peleada con la vida que a mordida, golpes y patadas se hacía respetar en el barrio.
No fueron pocas las noches que corrí como loco por la colonia con un tubo en la mano, un cinturón con hebilla o una piedra para defender el barrio como si de casa de tratara.
No éramos muchos, acaso un puñado de muchacho en la adolescencia, flacos de pobreza, sucios de las tolvaneras, harapientos, maleducados, groseros y locos que deseábamos hacernos respetar a golpes aún por un quítame esas pajas de ahí.
Muchos de mis amigos resultaron descalabrados, con huesos rotos al jugar futbol americano, sin más protección que la valentía de chocar cuerpo a cuerpo, caer sobre las piedras filosos, únicamente para levantarse de nuevo y volver a la línea de golpeo, no por un balón ovoide, sino en defensa del honor, chorreando sangre de la nariz, con la piel rota o la ropa hecha un guiñapo pero eso si con el honor a salvo y seguros que al llegar a casa habría un regaño, pero también las manos que nos curarían.
Tal vez para nuestras madres era solo una diversión, pero para nosotros era algo más, era jugar al juego de la vida y por eso escapábamos de casa para pelear el territorio a golpes, a mentadas de madre, en resumen hacernos respetar a chingadazos, los mismos que íbamos a recibir al llegar a casa por la noche, sudorosos, cansados, hambrientos, pero sobre todo conscientes que ahí no terminaba la vida.
No fue una, fueron muchas noches que me escurrí por la marquesina, a la que subía como gato, directo a mi cuarto en una habitación en obra negra con una lona como ventana, una mesa de centro vieja, un librero hechizo, unos cartones como cama y mi guitarra, que tocaba en la oscuridad, quizá nada, pero mi mundo al fin y al cabo.
Ella no me arropo, al menos no lo recuerdo, pero sus manos hicieron más de lo que merezco para mí, me hicieron hombre y me enseñaron que la vida no es fácil, que se pelea a mordidas a madrazos, y no se pone la cara después del primer golpe, sino que se responde a putazos para no ser menos.
Ahora recuerdo que enojada por mis actitudes rebeldes más de una vez tomó la chanca para corretearme alrededor de la mesa mientras yo gritaba por un dolor inexistente, que a palos me hizo respetar las normas y que a jalones de orejas me hizo aprender las tablas de multiplicar hasta que se me pegaron para siempre.
Quizá la ejecutora de la ley en casa, pero al fin y al cabo la mitad de lo que soy ahora, porque la otra mitad es mi papá, del que ya les contaré.
En una palabra la primer mujer más importante de mi vida.
Tal vez por eso me pegó tanto su frase cuando una vez mirando sus manos pecosas, gastadas por el tiempo, arrugadas por los años y llenas de historias, dijo:
-Tengo unas manos bien feas, sin que yo me atreviera a decirle:
–Son las manos mas lindas, maravillosas y tiernas de que yo haya conocido, son las manos donde no tengo miedo, donde el frio no llega, las manos que deseo cuando me pierdo, cuando no se de mi, cuando simplemente las necesito.

martes, 16 de noviembre de 2010

Veracruz.



Guía: Mala noche- Buena mesa vámonos p´a Veracruz.
Antonio De Marcelo Esquivel.
Hacer periodismo es ya en si un trabajo difícil, sobre todo cuando la exigencia primaria es la objetividad, esa definición que casi siempre se somete a la discusión y que por lo general queda en entredicho cuando el que escribe se involucra sentimentalmente por filio o fobia al personaje, lugar o tema y termina por escribir con el corazón o el hígado, quizá por ello cada persona en la sana libertad de escoger que le gusta leer toma determinado diario, revista o sintoniza una estación de radio o televisión.
Quizá por ello cuando me siento a la máquina intentó pensar primero que deseo hacer saber a la gente y con qué palabras debe ser impresa, sin que en este intento se note mi presencia y en dado caso el texto sea más una nota informativa con todos sus elementos, lo que no siempre ocurre.
El caso es que este fin de semana 12 al 15 de noviembre (2010) me estrené como reportero de turismo, claro, pensé: que tan difícil puede ser después de dos décadas de hacer periodismo solo se trata de pasármela bien y disfrutar, ya luego escribiré la nota y san se acabó; sin embargo la cosa se complicó un poco por la noche del primer día. Resulta que luego de una opípara comida a base de mariscos, carne en salsa con queso y arroz tumbado con agua de horchata, nos fueron a dejar a nuestros respectivos hoteles, y digo nuestros, porque la asociación de hoteleros del estado de Veracruz tuvo la graciosa y nada inteligente ocurrencia de ponernos a cada reportero en un hotel diferente.
Esta logística de viaje la atribuí a que deseaban que conociéramos los diferentes hoteles con que cuenta el puerto para el turismo nacional principalmente, ya que esta entidad del Golfo de México, aunque colinda con los estados de Tamaulipas, San Luis Potosí, Puebla, Oaxaca y Tabasco y que es el puerto más importante del país además de todo el legado histórico y cultural atrae más a los visitantes nacionales.
En fin algo diferente a lo realizado por otros, así que acepté el hotel Acuario que me asignaron. Colorido por una fuente con vitral emplomado de de colores y que desde la entrada es fresco por tener enormes puertas que dan a la calle y dejan ver su recepción con dos jóvenes veracruzanos atendiendo, una sala de estar con una enorme y pesada mesa de madera y un restaurante de fondo.
Me gustó por el folklore que despide al estar en una zona habitacional a solo unas calles de la playa, aunque de pronto no fue tanto como esperaba, menos cuando entre y me halle con un pasillo con olor a humedad una puerta con el número 305 ya caído, y dentro tan solo traspasar la puerta un ambiente de abandono, cama king size, televisión empotrada a la pared de esas de enorme cinescopio, sin una mesa para trabajar o colocar cosas y un baño con un deprimente lavabo, una tasa y su regadera.
Todo hubiera pasado si la cama no hubiera sido tan dura que impidiera dormir, claro ya imaginarán como desperté, sobre todo porque el sueño lo pude conciliar hasta después de las tres de la mañana, mas por el cansancio que por la comodidad de una mullida cama. La cita para vernos en grupo e ir a desayunar era a las 06:40 y aunque mi despertador fue puesto a las seis en punto no lo escuché, me despertaron los golpes que un empleado daba a la puerta para informar
–Ya lo espera en la puerta la camioneta.
Tuve que lavarme la cara a prisa lavarme los dientes ponerme la ropa así nomas y salir corriendo con la mochila y cámara a cuestas.
Por supuesto que reclame a Dinorath la joven que nos recibió en el aeropuerto, el sitio donde me habían echado y no paré hasta que por la noche me cambiaron de hotel, por supuesto hubo reclamo a la encargada de la agencia, y aunque mis compañeros me recriminaron haber sido tan duro con ella argumente: que al ser un viaje de turismo para escribir de turismo lo menos que se espera es un lugar del que se hable bien o de lo contrario no sirve a los intereses de quien desea atraer a los visitantes.
Por fortuna el segundo hotel donde me llevaron “Colonial”, que está justo entre los portales a un costado de la catedral y la plaza fue mucho mejor en confort, espacio, zonas para trabajar y asearme, aunque tampoco cuenta con enchufes de tres patitas, lo que remediaron prestándome una extensión.
Lo bueno de todo es que Veracruz me conquistó por el estomago y aunque en infraestructura no podría ponerles diez, por la experiencia vivida, si lo haría por la hospitalidad de su gente en Tlacotalpan, por su arquitectura que pese a la inundación logró conservarse, y por su café que me encanta, aunque soy de la idea que hay que ir un poco más allá de La Parroquia, pese a que no pasar a tomar un lechero con su respectiva concha es un crimen imperdonable.
Y es que probar sus parrillada de mariscos, tostadas de minilla, filete relleno de mariscos, ceviche, ensalada de mariscos, tostadas de maricos, arroz a la tumbada, camarones enchipotlados, camarones empanizados, tostadas de jaiba, jaibas rellenas, campechanas, ensalada de camarón, pulpos en su tinta, coctel de camarón, camarones a la crema, sierra en escabeche, o sus tamales de pescado es una experiencia que no cambio por nada.
Debo decir que mi primer pensamiento fue escribir una crónica malsana sobre el lugar donde me quede a dormir la primera noche, aunque luego he reflexionado al grado de pensar que en cada sitio donde se ofrece un servicio hay el esfuerzo de un empresario o una familia que da lo que tiene y puede, pero que desde mi humilde opinión siempre puede mejorar.
La primer feria gastronómica anual ocurrió en un espacio al lado a la biblioteca del puerto y a un costado del museo de la Marina, donde la banda de esta honorable institución tocó hasta que inició el evento central, por supuesto con bailes regionales, cantantes veracruzanos y la presencia del titular de Turísmo del estado, porque el resto de la crema y nata de la entidad se fue a una boda.

viernes, 22 de octubre de 2010

SENCILLITO Y CARISMÁTICO


Por Antonio De Marcelo Esquivel.
Este compa llegó a nuestro país desde las pampas argentinas, pero un trío de ratas coludas de esas que deambulan por la Central Camionera del norte le hicieron el favor de cambiarle de dueño la lana que traía para gozar de la comida y paisajes mexicanos, así que ahora se ha tenido que conformar con la comida que reparten en albergues capitalinos, no tiene donde asearse y menos dinero para regresar a su país. Lo entreviste fuera del periódico La Presa, donde se manifestaba en contra de sus autoridades y aunque ellos le dijeron que no lo podía hacer, pues lo hizo; Con los pinches cien pesos que le dio el "che" cónsul de su nación pintó una cartulina y ahí esta exhibiendo a su país que le afirma no tener presupuesto para llevarlo de nuevo a su natal Argentina, "no llores por mi" quizá le pide, pero el si llora por volver a ver a su familia. Dijo que allá se dedicaba a la metalurgia, acá le decimos menos pomposamente herreros, que juntó su dinero para unas vacaciones y por la evidencia estas ya se alargaron, sin que pueda siquiera trabajar para juntar la plata, porque la ley se lo impide, así que pronto no será más que otro indigente como muchos que andan por la calle, con la diferencia que este che tiene acento sencillito y carismático, así que quizá un día lo miren por ahí en su andar para juntar landa y marcharse a casa.

miércoles, 13 de octubre de 2010

NADA ME VOY A LLEVAR CUANDO ME MUERA




Antonio De Marcelo Esquivel.
El despertador sonó a las 07:00 mi celular a las 08:00 y el otro despertador a las 08:30, por fin tuve que dejar la cama y darme un baño con agua fría para terminar de despertar. Por mi me hubiera quedado en la cama, pero la orden de trabajo en la redacción de La Prensa era clara 11:00 Palacio de Minería foro Democracia y Estado, con la presencia de Carlos Slim. La verdad ni me inmuté, uno siempre anda del tingo al tango teniendo conferencias con personajes de la vida pública mexicana, ¿y eso qué? Hay que hacer una nota y seguir viviendo. Alguna vez si me emocionó estar tan cerca del hombre más rico del mundo, incluso hasta me quería tomar una foto con él, creo que fue en la navidad por ahí del 2004 o 2005, pero ni me tomé la foto y solo le vi de lejos en esa fiesta donde van artistas, personajes de la política y por supuesto un chingo de reporteros con la esperanza de llevarse alguno de los regalos navideños que rifa su gente de prensa. Recuerdo que esa vez me llevé un multifuncional que terminó en casa de mi hermana sin ser usado. En fin que ahora llegue al diario para dejar mi mochila y solo me llevé la cámara, algunas hojas, pluma y mi grabadora, por si acaso. Iba a meterme al metro, para salir en Allende, pero el día era soleado y se antojaba caminar, así que me paré en la esquina me comí una quesadilla de chicharrón aprensado, una gordita con papas, lechuga salsa y queso sin crema y mi chesco de coca cola, claro el desayuno perfecto de un reportero. Ya comido me fui por la avenida Hidalgo del lado de la Alameda pase por atrás de Bellas Artes y atravesando Lázaro Cárdenas llegue al Palacio de Minería, ese donde está una piedrota como de metal que dicen es un meteorito. El tal Carlos Slim, dueño de TELMEX, aunque haya dicho que no, no estaba aún, así que anduve por ahí saludando a los camaradas de otros diarios, a mis cuates de prensa del Instituto Federal Electoral y en pocas palabras pendejeando nada más. Estando ahí se me antojó un cafecito pero los meseros me mandaron a la chingada, que porque no podían servir hasta que llegara el receso, ni modo, les iba a mentar la madre, pero pensé que finalmente ellos también son empleados, que les pagan por obedecer, así que me fui del otro lado y le pedí el café a una edecán, de esas señoritas bien buenas que contratan para adornar el lugar y dizque apoyar la logística, la verdad ni creí: primero que me hiciera caso, y la otra que le dieran mi café, pero para mi sorpresa me trajo el café y hasta galletitas, que ni me acabé porque anunciaron el panel donde estaría Carlos Slim, así que tomé algunas fotos y me fui cerca de una bocina, creí que daría una buena nota, pero la verdad es que me decepcionó hizo una digresión sobre la transformación del estado y luego ante las preguntas de una bola de resentidos sociales que le cuestionaron tener tanto dinero se limitó a decir: “nada me voy a llevar cuando me muera”, que la pobreza no se soluciona regalando 400 o 500 dólares o él lo haría y que la pobreza la usan los políticos demagogos. Luego terminó el panel y claro los reporteros se arremolinaron para entrevistarlo y ni nos peló, lo esperamos en otra puerta pero sus guaruperros nos dijeron que ni madres y lo mismo salió dizque hablando por teléfono y se marchó sin responder a las preguntas, dejándonos con un palmo de narices y preguntándonos ¿quién se cree, el dueño de México?

martes, 21 de septiembre de 2010

domingo, 12 de septiembre de 2010

martes, 24 de agosto de 2010

Por Antonio De Marcelo.

FERNANDO

Por Antonio De Marcelo Esquivel.
Katlina pasó de nuevo su lipstik color negro por los gruesos labios hasta tornarlos negros como la noche, juntó ambos, y se miró en el espejó del sanborns en la calle Madero, miró sus uñas una vez más, extendiendo sus dedos cual largos y dejó que del acrílico luciera en su máximo esplendor con el maniquiure francés de nueva moda, claro negras con brillos plateados que al contacto con la luz desprendieran un reflejo de mil haces, iba a ponerse guantes negros, pero al ver sus manos huesudas y largas prefirió quedarse así, de todos modos ya era demasiado la bizarra blusa con escarolas al frente y en los puños, la falda de belour, las medias de red y las botas con tacón y plataforma que al menos le daban diez centímetros más de estatura a sus escasos 1.55. La línea del párpado era negra también, no podía ser de otra manera e incluso adicionó algunos jeroglíficos con el delineador sobre sus pómulos a fin de acentuar el misticismo de la mirada, dar profundidad a sus pupilas oscuras y hacer sentir la oscuridad en la que vivía.
Había entrado con pantalón de mezclilla, zapatillas negras y playera morada, con el cabello negro alaciado; ahora saldría hecha una vampiresa. De su bolso sacó un cráneo color café y lo acarició como se hace con el amante, lo miró fijamente a las cuencas vacías y besó su desnuda dentadura. El cráneo perteneció a un desconocido, pero ella prefería contar que había sido de un amante que un buen día había tratado de abandonarla y ahora lo tenía consigo para siempre; claro esto causaba escalofrío en quienes la escuchaban y quizá eso era lo que más placer la daba, ver a las mujeres frotarse los brazos como si un halo de aire les pegara de pronto y a los hombres hacer saliva y responder
-- ¿Es en serio. No mames?
Ella, entonces, asentía con ese dejo de misterio que sus ojos proyectaban al enarcar las cejas dejar caer los párpados, mostrar sus carnosos labios al hacer la boca chica y posar su mano sobre del cráneo a quien prefería llamar Fernando.
Incluso ensayó una vez más la mirada, se paró frente al espejo tomó el cráneo sobre la mano derecha, posó la izquierda sobre de eél, ladeo la cabeza hacia la izquierda dejando caer al lado la cabellera negra e incluso algunos mechones sobre la cara y proyectó esa mirada que dice tantas cosas y al mismo tiempo nada, e incluso dejó que su rostro esbozara una sonrisa apenas perceptible, que por cierto abandonó al escuchar que alguien jaló la palanca de la tasa en uno de los gabinetes; entonces se abrió la puerta y ella hizo como que arreglaba su cabello, no sin antes dejar el cráneo sobre del lavabo mientras metía las uñas para esponjar el peinado. Aún de reojo pudo ver a la mujer de al lado hacer una mueca de terror y retirarse sin lavar sus manos, lo que le causó cierto regocijo muy dentro.
Todo estaba listo, respiró profundo, tomó su bolso, a Fernando y jaló la puerta para salir de ese baño, dio algunos pasos e inició el descenso de la escalera rumbo al comedor del lugar, que tendría que atravesar hasta la calle. En otro tiempo hubiera sido como un siglo al sentir las miradas de viejas criticonas y sus rancios maridos o de jóvenes que no eran capaces de esconder las risillas burlonas, pero ahora era diferente, había aprendido a vivir hacia dentro y no hacer caso de cuchicheos, risillas o miradas penetrantes de hombres y mujeres que buscaban respuestas, aunque pocos se habían atrevido a acercarse a ella.
Hubiera querido que al traspasar la puerta del lugar el clima fuera frio, lluvioso, al menos oscuro, pero en lugar de ello la tarde era soleada y para colmo un rayo penetrante que se colaba entre el edificio de teléfonos y el de una librería pegaba justo en esta puerta. Fueron solo unos segundos los que miró al sol de frente, aunque para ella fueron como horas, quizá días, siglos tal vez, hizo una historia dividida en milésimas de segundo: en la que de pronto al sentir los rayos soleados hubiera soltado todo y se llevara las manos al rostro mientras su piel se caía a pedazos como los clásicos vampiros hasta desaparecer en medio de fuego y gritos de dolor, pero en cambio ese contacto con el Dios Febo le hizo llorar los ojos e incluso estuvo a punto de volver para revisar el maquillaje, aunque finalmente decidió adentrarse en las calles del Centro Histórico.
El andar de Katlina era más bien lento, cadencioso, siempre con la mirada al frente, buscando el contacto visual con la gente, no obstante parecía que todos tenían otra cosa que mirar y las más de las veces hallaba solo rostros sin mirada, caras distantes, labios carentes de sonrisa y pese a la luz que desprendía su ser miraba oscuridad. Percibía que había vivido ya estos mismos pasos, el mismo camino, el mismo polvo, las mismas calles en otros tiempos cuando las prendas no eran sino pedazos de telas, pieles y la misma pobreza humana.

yo

miércoles, 14 de julio de 2010

LANALGA.COM

La Nalga. com extiende una disculpa por no haber subidoalgo las últimas semanas pero ya saben como es esto de andar trabajando para sobrevivir.
hoy no traigo nada, quizá más tarde pero ahi les dejo una listo de libros eróticos.
El nido de la oropéndola.
Historia de R.
La institutriz inglesa
Nina la dominadora.
El otro Drácula.
Historia de O/Retorno a Roissy
Las edades de Lulú
Las fábulas del Marqués de Sade
Justine
La venus de las pieles.

aSALUDOS A TODOS Y TODAS, (por aquello de la discriminación.

jueves, 10 de junio de 2010

LANALGA.COM


La bandera nacional ondeaba lindo, Mañana es el partido México-Sudáfrica,
Ayudalos Diosito.

LANALGA.COM


Hola que tal a toda la raza, pues nada que en medio del agetreo que me causó cubrir la vispera del partido Mexico-sudáfrica me tiré para la calle y me encontré esta belleza.
saludos para todos, pronto fotos de las chicas en el futbol, por cierto ya hay varias candidatas para que sus fotos estén en lanalga.com pronto las subiremos a este cochino espacio.

lunes, 12 de abril de 2010

lunes, 15 de marzo de 2010

jueves, 4 de marzo de 2010

Y EL CAMION QUE NO VIENE.

Por Antonio De Marcelo Esquivel.
Estábamos de nuevo en ese cuarto oscuro, pero no me imaginé que fuera ella personaje de uno de mis cuentos, era entonces de carne y hueso, gemía y ahora creo que de puro compromiso para hacerme sentir grande.
Al principio creí que se trataba de una especia de mujer que se guardaba todo, porque no hablaba, no decía nada, solo hacía y se dejaba tocar a pesar de hablar mucho en otros lugares.
Su edad era muy joven para ser una experta, pero no he hallado otra que haga el amor como ella, pese a que muchas mujeres han pasado por mi cama y por mi vida.
Y así se hizo personaje de un cuento que iba a escribir 20 años después, justo cuando regresó a decirme que no me había olvidado.
Casi ni la recordaba, aunque era como una de esas tardes soleadas que te sientas a ver la naturaleza, que respiras el aire fresco y dejas que pase el tiempo sin siquiera reclamar espacio para otra cosas, pero luego te levantas y queda en ti la sensación que ha pasado mucho tiempo, pero que te quedarían ahí otro tanto.
Así fue ella, que se marchó una noche sin siquiera comprometerse a volver al día siguiente. Así vivíamos los días, como alcohólicos, uno a la vez con la promesa de volver al día siguiente.
Era una llamada telefónica:
–Qué haces?
Una invitación y listo estábamos ahí para amarnos, o quizá solo hacer el amor, tal vez copular como animales que embisten y luego se marchan dejando todo atrás.
Así pasaban las tardes, cuando ella tenía que volver al colegio y simplemente tomaba sus libros y sin decir nada se marchaba dejando una estela de esa sonrisa que me atrapó cuando la vi en esa esquina esperando el camión.
No iba a ser un personaje de cuento, solo una charla de desconocidos que coinciden en la parada y como no queriendo hurgan en la vida del otro.
-Este camión se tarda mucho?
Le pregunte como para iniciar la conversación al verla mover nerviosa las piernas y mirar hacia el oriente, como si de esa manera fuera a llegar más pronto el camión.
Yo no sé si me respondió por pura cortesía o también necesitaba conversar porque tras la afirmación agregó:
–Me choca este camión porque tarda y además hace base en cada esquina, luego frena y acelera como loco.
Le iba a decir que para mí era una aventura subir a los autobuses porque ver a la gente es mi profesión, pero me callé, preferí coincidir con su punto de vista en una serie de quejas por el transporte que después de cinco minutos se transformó en una invitación al café de enfrente, al fin que desde ahí podríamos ver cuando aparcara.
De café pasamos a las galletas, más café y de pronto ya estábamos ahí enganchados en una charla sobre nuestras vidas y la oportunidad del destino que nos coloca en los lugares indicados cuando es necesario.
El camión llegó a medio café, pero preferimos quedarnos, al fin que su clase de historia casi terminaba y yo no deseaba llegar a casa tan temprano, de manera que caminamos por el vecindario, primero juntos, luego tomados de la mano.
No sé que me llevó a tomar su mano, solo sé que de pronto corrimos por la avenida ella casi detrás de mí, yo con su mano como en sentido protector.
Ya no nos soltamos, llegamos a una librería y entramos a ver las pastas de los libros, las ofertas y los discos mientras en el fondo sonaba Céspedes a Olvidarte será fácil.
No tome en cuenta la canción, pensaba más bien en sus manos péqueñas, en sus dedos largos, en su cabello descuidado, en los cuadernos escolares, en su mezclilla acabada y esa playera que había visto tiempos mejores.
Luego en las tardes subsecuentes no hubo jeans ni playera ni sostén solo piel y jazz bajo sábanas rentadas que nos cubrieron las escapadas hasta que un día sin decir porque se marchó sin prometer que volvería.
Con el tiempo describí su cuerpo en historias, los cuadernos en cuentos y su cabellera en crónicas de un cerdo, solo para recordar, odas de su silencio al hacer el amor y esa manera de acabar, de sus salidas a prisa sin siquiera decir te quiero. Quizá inventé sus gemidos y su presencia sin querer.
Hoy ha vuelto, pero no promete quedarse, vamos ni siquiera sabe si mañana va volver, otra vez con su silencio acompasado al hacer el amor, ya no gime, viene con sus huidas a prisa de ese cuarto oscuro, quizá solo para hacerme ver que es parte de mi realidad, convertida en otra tal vez para borrarse de mí.

lunes, 15 de febrero de 2010

lunes, 11 de enero de 2010

Por Antonio De Marcelo

La magia de la Web y los programas, saludos a la raza que visita este asqueroso espacio.
Efectos de fotos. Watching TV

martes, 5 de enero de 2010

Por Antonio De MArcelo

Para toda la raza que gusta del Tequila, les invito a la primer Muestra Nacional del Tequila que se desarrolla en Arandas, Jalisco, México, más de cien marcas en un maraton tequilero que va del tres del enero al 12 del mismo més, con luchas, rodeo americano, bellezas por todos lados y por supuesto tequila, mucho tequila. Aquí les pongo una muestra de lo que hay, solo estuve dos días y ya quiero regresar, allá nos vemos

sábado, 19 de septiembre de 2009

Ya no somos más nada.

Por Antonio De Marcelo Esquivel.
Ya no somos más nada.
¡Ya no somos más nada! Así de fácil dejó ella caer la frase en el rostro de Marco cuando este le reclamó no llamarle y tenerlo en el abandono. El parque parecía el lugar ideal para el amor, tranquilo, verde, soleado, niños corriendo por ahí, nieve de limón en la esquina y un reloj enorme en el piso, ideal para amar, para quererse, para caminar, no para ellos que en ese momento terminaban una relación intensa de cuatro semanas.
Claro que cuatro semanas no es nada comprado con toda una vida, pero una vida comparado con todo lo que se pude contener en cuatro semanas, casi 25 días de sexo, de besos, de manos entrelazadas y palabras tiernas al oído.
El no llamaba mucho, más bien trataba de mantenerse alejado, mientras que ella buscaba los momentos apropiados para decir te amo a la menor provocación.
Pero, qué terminó con ese amor, solo ella podría saberlo puesto que soltaba de esa manera impune y vil una sola frase: ya no somos más nada, y con ella se iba todo el amor que había jurado mientras hacían el amor, mientras se despedían cada noche a la puerta de su casa en esa calle de la colonia Roma.
Marco había ya pensado en esa posibilidad, pero no se acababa la vida con sufrimientos adelantados, prefería pensar en ella como en la muerte eterna, como en la vida que no se acaba hasta que se deja de respirar.
La miraba como una diosa, como una virgen y a la vez como el retrato de la mujer que deseaba tener sobre el buró de la cama cada noche, solo para voltear y comprobar que se parecía un poco a la mujer que respiraba pausadamente a su lado.
Más hoy todos esos sueños se iban por el caño con una sola frase, unas palabras que con todo su peso le cayeron como pesadas losas en el ego, en el orgullo y en el amor propio.
Ya lo habían terminado mil veces, había sufrido el tedio de la soledad y la pesadez de una relación destructiva, pero en esto le iba la vida, le iba el futuro y le iba el amor.
Qué hacer, a dónde ir, cómo respirar sin tener la necesidad de llamar una y otra vez, sin escuchar su voz, su sonrisa por teléfono, sus palabras mordaces y sus respuestas alocadas.
Cómo decirle al corazón no amarla más, pensar en ella como el pasado, dejar de quererla así como así.
Qué respuesta era la mejor en esos casos cuando tu otro tu se reconoce como algo inexistente en tu vida, cómo reaccionar ante el “no somos más nada”.
Qué hacer cuando ya no enciendes la piel de ella, cuando tus besos le son ajenos como una vendedor de salchichas en la esquina, cuando sabes que no habrá más tardes de hotel, ni más juegos de socialización, cuando bien sabes que extrañaras sus besos, sus piernas, su inmensa espalda, sus caderas y sus miradas húmedas de necesidad.
No somos más nada era algo más de lo que se puede soportar en carne propia, en el corazón, en la vida.
Pensarse caminando solo por las calles yendo, viniendo andando a ninguna parte.
Marco sabía que todo era posible en el juego de la vida, pero no que fuera tan pronto ese sentir de que los años se agolpan en los ojos, sentirse viejo en un solo instante como si de pronto el tiempo se depositara en el rostro, en un solo cansancio.
No somos más nada como si se pudiera transformar el amor en un abrir y cerrar de ojos como si se pudiera dejar de amar a placer, como si fuera posible acabar con esa entidad que es el amor y que está más allá de nosotros mismos, porque amar es un verbo que se conjuga supinamente.
Yo amo, tu ya no me amas, él ama, nosotros amamos, ellos creen amar…